27.3.15

Corrigiendo a Schrödinger


Schrödinger Cat


Corrigiendo a Schrödinger


Lo único que digo es que la vida
puede más.
Que la vida es y que la muerte no;
que algo que araña, lucha y muerde siempre
tendrá más de un cincuenta.


Lucha muerde y araña siempre. Siempre. 



B. C.

17.3.15

Javier Lostalé comenta 'La Fiera'

                                        

Ben Clark
Ben Clark durante la entrega de los premios El Ojo Crítico de RNE

El poemario de Ben Clark  La Fiera (Editorial Sloper, 2014), galardonado con los premios  Ciutat de Palma Joan Alcover y  el premio El Ojo Crítico de RNE Poesía 2014, es un bisturí que abre en canal la naturaleza humana valiéndose de la fuerza primigenia y salvaje del reino animal para, con total plenitud y desnudez, mostrar las vísceras del comportamiento humano y ser termómetro de la temperatura de la soledad, del amor y de los actos más cotidianos, nunca inocentes,  sino llenos de movimientos interiores y de huellas. La Fiera es un símbolo que va más allá de la asociación subliminal de las palabras para ser una presencia encarnada, por eso creo que este poemario está cruzado por multitud de sombras que le prestan  una plasticidad más metafísica que sensorial. Se trata de una poesía con afán de totalidad, de modo que hasta en el más humilde objeto, como una pinza, late completa la existencia, incluida la muerte. Hay en ella también un combate silencioso y hondo entre lo efímero y lo permanente  y una añoranza  de la Naturaleza  como un estado primitivo, no hollado ni contaminado, de pureza y verdad. Muy importante es, igualmente,  lo invisible, lo no alumbrado, esas zonas de misterio presentes en cualquier vida. 
Lo cósmico y lo cotidiano, lo real y lo imaginario se funden asimismo  en este libro de Ben Clark, nutrido también por la filosofía y la ciencia. Libro inserto en el ámbito de la mejor poesía europea contemporánea y con un sustrato  clásico. El amor, como no puede ser menos si se toca fondo en la naturaleza humana, está muy presente. Amor como explosión, como escala hacia lo originario, como un constante renacer. El poema “Big Bang” es un buen ejemplo de lo que decimos. Y ya que he citado este poema, es imprescindible citar otro por la emoción profunda que nos produce,  pues es todo el ser, mente y corazón, el que alumbra la hija no nacida hasta  “dormirse en brazos del poeta  /agotada de no ser” (lo he parafraseado). “La hija que no ha nacido” es el título de un poema verdaderamente memorable, como hay otros muchos  en esta nueva obra de Ben Clark  capaz de transformarnos interiormente, cosa que  le sucede a la poesía con mayúscula.


                                                                              Javier Lostalé



La Fiera Ben Clark





19.1.15

Adaptación al miedo, de Víctor Peña Dacosta


Víctor Peña Dacosta


Acostumbrarse a las molestias diarias,
a que se mueran los abuelos.

Hacerse a la idea de que envejecen
los padres y maduran los amigos.

Andar un rato por las tardes.

Verse de pronto envuelto en un debate
sobre hasta cuándo es mejor dar el pecho.
Tener una teoría al respecto.

Apuntarse a cursos de idiomas
o al gimnasio y actualizar los blogs
al menos una vez a la semana.

Hacer la cama siempre al levantarse
y fregar antes de que se acumule:
hacerse fuerte en la rutina.

Ser un hombre a la hora de hacer colas:
no dejar que se cuelen las marujas
ni nos venza el desaliento.

Medir la vida en estados de Facebook
y la aceptación social en “me gustas”.

Abrir un plazo fijo a un interés
razonable y defender que conviene
una reforma fiscal moderada.

Seguir los partidos sin pegar voces.

Hacerse chequeos de vez en cuando,
que total no cuesta nada. Enterarse
de cuáles son los mejores productos
para mantener limpia la piscina.

Irse de vacaciones con los suegros,

Atender cuando oyes “señor”
por la calle. Aprender a hacerse el nudo
de la corbata y a arreglar los enchufes.

Entender por qué sube la hipoteca.

Asumir que es cada vez más difícil
cumplir el sueño de hacer un trío.

Gastar mucho menos dinero en libros,
reducir el tiempo de siesta.

Hablar en las reuniones de vecinos.

Aprovechar los descuentos del súper,
preferir los conciertos en teatros,
elegir cortinas de seda blancas
que combinen con la mesa camilla,
buscar porno duro gratis, cervezas
negras y ginebras de marca, vinos
con un ligero regusto a manzana
de nombre extranjero. Decir que es suave
pero con mucho cuerpo. Fijarse
en cómo va resbalando la lágrima.

Usar reloj.

Adaptarse, como todos, al miedo.
Amortiguarlo con pastillas.

Apagar el despertador antes de que suene.

Ponerse camisa para ir a trabajar.








7.9.14

Rolls Royce



Rolls Royce



Cuando cumplí los treinta me senté
a pensar en las cosas que quería.

Pensé en ti, en un futuro vago, en todo
lo que duerme detrás de la escritura.

Y después, es verdad, pensé en un Rolls
Royce Phantom, o en cualquier Rolls Royce (¿importa?)

y tuve la ilusión de tener uno
antes de morir.

Y con otra cerveza dije bueno,
con ir en uno

me doy por satisfecho. Me senté
y me propuse ir en un Rolls Royce

como objetivo único y legítimo.

Más tarde recordé su funeral.
El Rolls que nos llevó hasta el crematorio.

El perfecto silencio del motor;
cómo el coche aquel día no importaba. 


B.C.







7.8.14

Cuentos que te abren los ojos y que todo el mundo debería leer, por George Saunders

Take me to your reader


Hace poco hablaba con un amigo y me comentó: «Oye, George, si te abdujera un alienígena y te llevara a su nave nodriza y te exigiera explicar cómo es ser humano, ¿qué le dirías?

«Bueno», contesté, «le aconsejaría al alienígena que se pasara unos cuantos días leyendo cuentos». En los cuentos se condensa, de forma cifrada y profunda, todo el conocimiento humano. Son máquinas de significación, densas y elevadas, que arrojan luz sobre los dilemas más apremiantes de la vida. Al leer una rumiada selección de cuentos nuestro alienígena podría, en unas cuantas horas, aprender todo lo que necesita saber sobre nuestra vida en la Tierra. Salvo cómo te sientes cuando pierdes tu coche en un aparcamiento subterráneo y te pasas tres horas dando vueltas, disimulando como si supieras bien hacia dónde vas, para que los conductores que pasen junto a ti —que han encontrado sus coches sin problema, ya que han procurado escribir el número de la plaza y la planta en la muñeca o donde sea— no piensen mal de ti. Creo que aún no existe un cuento sobre eso.

Bueno, a lo que íbamos.

«¿Qué es esta cosa llamada amor?», podría preguntar nuestro alienígena.

«Está bien», diría. «Lo primero que tienes que hacer es leerte el hermoso cuento de Chéjov ‘La dama del perrito’, que muestra cómo un supuesto ligue sin más se convierte en amor verdadero, a trompicones, incluso en contra de la voluntad de la pareja en cuestión».

«¿Os ocurre eso muy a menudo por ahí abajo?», preguntaría el alienígena.

«Sí», diría yo. «Pero sobre todo en la Rusia del siglo XIX». (Tampoco hay que detallarle todo a los alienígenas.)

Pero, también, sería importante que supiera que no todos los que habitan esta esfera encuentran el amor. Así que ‘En el carro’, también de Chéjov —uno de los cuentos más tristes de todos los tiempos, en el cual no ocurre absolutamente nada, salvo esto: una persona que se siente sola se queda así, sola.

George Saunders¿Y los alienígenas, después del amor, se separan? Sería deseable que así fuera. Daría un poco de mal rollo; todos esos alienígenas viviendo en la más estricta monogamia hasta cumplir, digamos, los 9000 años, haciendo el amor de esa forma lenta y telepática que les caracteriza… Y después, van y hacen esa cosa de sincronizarse los cerebros y se recolocan los dientes postizos… ¡Puag! Vamos a darle ‘Tres días de vendaval’ de Ernest Hemingway, una gran historia de una ruptura que también contiene algunos de los mejores diálogos ebrios de toda la literatura. ¿Se emborrachan los alienígenas? He oído que sí, y así se formó el Gran Cañón del Colorado.

¡Pero allí abajo no todo se reduce a estar enamorados o no! También nos obsesiona el dinero. Así que nuestro alienígena debe leer ‘En el sótano’, de Isaac Babel, el cuento más exultante jamás escrito sobre el sistema de clases: sencillo como un chiste (invitan a un niño pobre a casa de un niño rico y él luego debe, esto, corresponder), profundo como una parábola en su forma de mostrar cómo la pobreza infecta y enrarece todo lo que toca. También contiene una frase brutal, que puede que le resulte útil al alienígena en su planeta: «Nieto mío, voy a tomar aceite de ricino para tener algo que llevar a tu tumba».

Llegados a este punto, los humanos empiezan a parecerle al alienígena un poco “coñazo”, y su largo dedo verde se dirige, subrepticiamente, hacia el Rayo Mortal. ¡Un momento, Zarcon 13! ¡Los terrícolas también podemos ser buenos! La prueba: ‘Cuando el señor Pirzada venía a cenar’, de Jhumpa Lahiri. Hace unos años impartí una clase sobre este cuento en la universidad, después de una sucesión de cuentos contemporáneos de lo más macabros y oscuros, y dio pie a una gran conversación sobre lo difícil que resulta crear una acción dramática a partir de personas que se comportan bien y que se preocupan el uno por el otro; y lo gratificante que resulta cuando alguien lo consigue.

¿Tienen los alienígenas madres? Sé que algunos alienígenas se reproducen espontáneamente: se arrancan trozos y los colocan sobre el suelo y después los riegan… Pero supongamos que nuestro alienígena no es de esos. Yo le daría ‘Heme aquí planchando’ de Tillie Olsen (en el cual una madre de clase obrera reflexiona, ferozmente, sobre la manera en que ser pobre ha complicado la relación con su hija), para mostrarle que nuestra madres, en la Tierra, son tan buenas y ofrecen el mismo amor que cualquier madre alienígena —y, de hecho, es probable que sean mejores, porque aquí abajo, colega, estamos limitados (y ojo, que no me quejo) por un aplastante sentido de lo material, que hace que todo resulte difícil, no como vosotros, allí arriba, con vuestros «jardines infinitos» y vuestros «robots que producen petisús» y todo eso.

Allí arriba, en vuestro planeta, ¿igual la gente vive para siempre? Bueno, pues aquí abajo no sucede lo mismo. Y eso hace que las cosas den miedo, como queda demostrado en el gran ‘La muerte de Iván Ilich’, de León Tolstói, que se inspiró en una anécdota que el propio Tolstói escuchó una vez: un hombre moribundo gritó ininterrumpidamente durante los últimos días de su vida. El resultado es vivificante y aterrador, como atender el funeral de uno mismo —¡pero de una forma positiva!—. Desde la primera página ya sabemos que Iván está muerto, pero nos olvidamos, a medida que el momento llega, y nos encontramos en un estado (que nos resulta muy familiar) de negación. ¿Qué puede salvarle? Nada. ¿Cuál fue el pecado que le llevó a morir en tal estado de terror? Cada lector contestará a esa cuestión de manera diferente y, si acaso sirvo como ejemplo, lo contestará de forma diferente en diferentes momentos de su vida.

Nuestro alienígena nos está mirando raro. «Pobres imbéciles», parece decir con sus cuatro ojos verdes y con los cuatro que tiene azules y con esa cosa que es como una trompa y que cuelga de esa otra cosa, más pequeña, que parece una trompa: «¿cómo sobrevivís? ¿Acaso ofrece vuestra existencia en la Tierra algún placer?».

«Oh, desde luego», decimos. «Muchos placeres». Una de las cosas que realmente nos gusta hacer a los humanos es juzgar a alguien y dejar que esa opinión se anquilose para que podamos disfrutar de la consiguiente sensación de petulante superioridad. Bueno, yo sí, por lo menos. Aunque el placer nunca dura demasiado, como demuestra ‘Danza de las sombras felices’ de Alice Munro, ‘The Deacon’ de Mary Gordon, y el cuento de Raymond Carver ‘Una pequeña cosa buena’. En cada uno, el lector se ve transportado hasta un lugar cómodo y severo, donde el escritor y el lector conspiran para criticar/mirar por encima a un personaje. Luego todo se da la vuelta: el lector se da cuenta de que (equivocadamente) se ha aliado con la intolerancia y la crueldad. Esto es, quizá, el momento terrícola por antonomasia: cuando descubrimos que hemos subestimado a uno de nuestros congéneres. Pero en literatura también es un dulce momento, porque la vergüenza que siente el lector es también la prueba de que él o ella todavía sabe diferenciar el bien del mal y que prefiere el bien. Ahora, échale un vistazo a nuestro alienígena: ¿Ha decidido, él también, ser más generoso a partir de ahora?

Si es así, quizá sea humano, después de todo.




© de la edición de julio de 2014 de la revista ‘O, The OprahMagazine’.

© de la traducción: Ben Clark. 




10.6.14

Presentación en Salamanca de 'La Fiera'

La Fiera Ben Clark


Presentación en Salamanca de 

La Fiera

de Ben Clark















28.5.14

Presentación en Barcelona

La Fiera Ben Clark



Ilustración: Dídac Plà



Big Bang



Atrás y más atrás, hasta el principio 
cuando todo ardía y nada 
era complejo, nada complicado. 
Atrás, hasta el calor 
primigenio, los fuegos que engendraron 
universos y dioses y taxímetros, 
frases largas y días sin que llames 
y camareros torpes 
y niños insolentes y los jueves 
por la tarde sin nada en la nevera 
todo 
y atrás y atrás de nuevo 
al instante anterior a la gran fiesta, 
todo está preparado, 
sólo falta que venga todo y tú 
también, unos millones de años tarde, 
claro, 
hasta este mundo frío de materia 
pervertida y promiscua. Atrás y atrás, 
quiero esperarte aquí, 
en esta oscuridad del porvenir, 
expectante y ansioso, 
y nombrar uno a uno los objetos, 
las cosas, a medida que se expanden, 
hasta llegar a ti, de nuevo a ti, 
y no decirte nunca que he viajado 
al principio de todo muchas veces, 
que te he visto desnuda por primera
vez incontables noches, 
pero siempre distintas (¡fiel azar!), 
y siempre con la duda, el miedo frío 
de no saber si estoy en este mundo 
o en otro donde nuestros cuerpos no 
se unen hasta explotar; 
en otro donde no yacemos juntos 
mirando al techo, a todo 
lo que hemos generado con deseo: 
el universo joven y voraz 
sobre el cual no tenemos ya control. 


Ben Clark
La Fiera 
Ed. Sloper, 2014





23.5.14

Llegó el día





Pantalla Niño


Todo estaba al alcance en aquel tiempo.
Los grandes bombarderos se cargaban
de aquel genial invento de los hombres;
la palabra amarrada a la columna.
Y cuando los motores estridentes
rugían sobre plazas y colegios
–sus miasmas lamiéndole los ojos
a los mismos que el ruido ensordecía–,
era fácil dejar la rebelión
en manos de otro día, otro momento.
Sobre la Red, las moscas navegaban
inconscientes. Felices. Deslumbradas
por la angulosa luz.
Llegó el día;
las membranas de acero inoxidable
espetaron entonces
un último mensaje.
No hablaba de esperanza.
No hablaba de futuro y sin embargo
lo escucharon los árboles resecos,
lo adoraron las rosas macilentas,
los perros embozados, los canarios
neuróticos, los óvulos de hielo
y los niños besados por el cólera.
Ya no era necesario hablar apenas.
Ya no quedaba nada que decirse. 




B. C.
Los hijos de los hijos de la ira 
Hiperión. 2006




20.5.14

Illa - Projecte Mut










Canción 'Illa' de Projecte Mut
basado en el poema 'Illa' de Ben Clark


www.projectemut.com




17.5.14

Presentación de 'La Fiera'

La Fiera Ben Clark




La Fiera

Y hoy escribo una columna sobre un libro de poemas. ¿Qué función puede cumplir la poesía en las páginas de un diario generalista? Tal vez ninguna. Los antiguos dioses, jóvenes como promesa fetal, esperan agazapados su momento; pero su momento, me hago cargo, no es esta columna. Esto sólo es un capricho mío, y una prueba de gratitud lectora: qué gran libro es La Fiera, de Ben Clark (Editorial Sloper, 2014).

Bueno, también es un aviso a navegantes: Clark presentará La Fiera el próximo viernes en la ibicenca Librería Hipérbole, acompañado por Pep Tur. Como el autor es buen mozo y encantador, un poco George Peppard sin prisas, el acto es un must. 

Hay dioses atravesando, muy discretos, los versos de este joven ibicenco de trayectoria saltarina (lo mismo le canta a la Basura (Editorial Delirio) que a la zoología) y mirada limpia y densa. Están ahí desde el principio, como lo está el viaje, que se parece mucho a la vida y a las cosas importantes dichas sin ponerse estupendos. Y está el amor, cantado casi como si fuera otra cosa, como si fuera una pelea en la jungla o una película en la que nadie salva al mundo del fin del mundo, porque total. 

Yo lo que le pido a la poesía, cuando me da por pedirle algo, es que en ella se confundan el instante y la eternidad; que esté salpicada de revelaciones, aunque sean pequeñas, aunque nazcan de la contemplación de la pinza de la ropa; que pueda leerla muchas veces como tarareo una canción de Battiato (si prendre tutto, anche il caffè…) y hasta recreo con los dedos el aporreo del infernal Casio, sólo que cada nueva vez no me sienta de nuevo en casa, sino en una casa nueva, un poco más amplia y acogedora. Todo esto lo tiene La Fiera, un libro tan natural y cercano y cósmico que como repase lo que he escrito me arrepiento: no hay que escribir de La Fiera, todavía no. Hay que leerla, de momento. Leer esto, por ejemplo: “no es raro que sucedan los milagros. / Lo raro es que sucedan por escrito”. O esto: “Porque fui de titanio dos años y tres días / puedo hablar de los deseos del frío, / de la quietud y el eco / de los polideportivos. Dos años / y tres días enteros sin llorar. / Metal”. Pero suceden. 

Miguel Dalmau y Vicente Valero, que van a misa, recuerdan en la contraportada de La Fiera que Ben Clark es un poeta bastante anglo, con su metafísica de miércoles por la tarde y su dicción sutil, con su ironía divertida y su universo en un canto rodado. Esto es hermoso y paradójico, porque yo juraría que también es un poeta mediterráneo, aunque sólo al final entre en escena el almendro en flor, como el niño más guapo de la función escolar, “antiguo dentro de un mundo viejo”. Y quizá sin pensar en ello, es un poeta isleño que aunque viaje lejos siempre vuelve “al centro inestable de los límites”. Como son isleños, a la contra, Los extraños de Valero Editorial Periférica) o los viajes dandi y exóticos de Enrique Juncosa en Los hedonistas (Los Libros del Lince). Por cierto, ¿qué ocurre en Ibiza? Parece de pronto un pequeño centro literario del mundo. 

 Josep Maria Nadal Suau 

(El Mundo, 17 de mayo 2014)




4.5.14

Cubierto




Ordenando sin asco las cucharas
de un restaurante caro recordé
las olas y a mi madre.

Había varios tipos de cucharas
–postre, con leche y solo– y no era raro
que apareciera un huérfano;
un pobre desterrado de quién sabe
qué franquicia, qué bar, qué casa sola.

Estas piezas bastardas acababan
todas juntas
en un tupperware blanco
sin tapa –y eran muchas, y distintas–.

Ordenando y puliendo las cucharas,
en los últimos días del verano,
pensé en mi madre blanca con los ojos
recorriendo las olas,
                             en busca del pequeño
que no sabe que está tumbado dentro
del barco inflable azul. Pensé en el mar.
En sus corrientes raras, en los sitios
que visitó mi madre en su cabeza.
Los cajones oscuros de la mente.

Pero me incorporé y gritó y la cosa
quedó en algo que padre no sabría.

Un objeto pequeño
que, empujado por quién sabe qué miedos,
reapareció de pronto,

en los últimos días del verano. 




Editorial Sloper, 2014