7.8.14

Cuentos que te abren los ojos y que todo el mundo debería leer, por George Saunders

Take me to your reader


Hace poco hablaba con un amigo y me comentó: «Oye, George, si te abdujera un alienígena y te llevara a su nave nodriza y te exigiera explicar cómo es ser humano, ¿qué le dirías?

«Bueno», contesté, «le aconsejaría al alienígena que se pasara unos cuantos días leyendo cuentos». En los cuentos se condensa, de forma cifrada y profunda, todo el conocimiento humano. Son máquinas de significación, densas y elevadas, que arrojan luz sobre los dilemas más apremiantes de la vida. Al leer una rumiada selección de cuentos nuestro alienígena podría, en unas cuantas horas, aprender todo lo que necesita saber sobre nuestra vida en la Tierra. Salvo cómo te sientes cuando pierdes tu coche en un aparcamiento subterráneo y te pasas tres horas dando vueltas, disimulando como si supieras bien hacia dónde vas, para que los conductores que pasen junto a ti —que han encontrado sus coches sin problema, ya que han procurado escribir el número de la plaza y la planta en la muñeca o donde sea— no piensen mal de ti. Creo que aún no existe un cuento sobre eso.

Bueno, a lo que íbamos.

«¿Qué es esta cosa llamada amor?», podría preguntar nuestro alienígena.

«Está bien», diría. «Lo primero que tienes que hacer es leerte el hermoso cuento de Chéjov ‘La dama del perrito’, que muestra cómo un supuesto ligue sin más se convierte en amor verdadero, a trompicones, incluso en contra de la voluntad de la pareja en cuestión».

«¿Os ocurre eso muy a menudo por ahí abajo?», preguntaría el alienígena.

«Sí», diría yo. «Pero sobre todo en la Rusia del siglo XIX». (Tampoco hay que detallarle todo a los alienígenas.)

Pero, también, sería importante que supiera que no todos los que habitan esta esfera encuentran el amor. Así que ‘En el carro’, también de Chéjov —uno de los cuentos más tristes de todos los tiempos, en el cual no ocurre absolutamente nada, salvo esto: una persona que se siente sola se queda así, sola.

George Saunders¿Y los alienígenas, después del amor, se separan? Sería deseable que así fuera. Daría un poco de mal rollo; todos esos alienígenas viviendo en la más estricta monogamia hasta cumplir, digamos, los 9000 años, haciendo el amor de esa forma lenta y telepática que les caracteriza… Y después, van y hacen esa cosa de sincronizarse los cerebros y se recolocan los dientes postizos… ¡Puag! Vamos a darle ‘Tres días de vendaval’ de Ernest Hemingway, una gran historia de una ruptura que también contiene algunos de los mejores diálogos ebrios de toda la literatura. ¿Se emborrachan los alienígenas? He oído que sí, y así se formó el Gran Cañón del Colorado.

¡Pero allí abajo no todo se reduce a estar enamorados o no! También nos obsesiona el dinero. Así que nuestro alienígena debe leer ‘En el sótano’, de Isaac Babel, el cuento más exultante jamás escrito sobre el sistema de clases: sencillo como un chiste (invitan a un niño pobre a casa de un niño rico y él luego debe, esto, corresponder), profundo como una parábola en su forma de mostrar cómo la pobreza infecta y enrarece todo lo que toca. También contiene una frase brutal, que puede que le resulte útil al alienígena en su planeta: «Nieto mío, voy a tomar aceite de ricino para tener algo que llevar a tu tumba».

Llegados a este punto, los humanos empiezan a parecerle al alienígena un poco “coñazo”, y su largo dedo verde se dirige, subrepticiamente, hacia el Rayo Mortal. ¡Un momento, Zarcon 13! ¡Los terrícolas también podemos ser buenos! La prueba: ‘Cuando el señor Pirzada venía a cenar’, de Jhumpa Lahiri. Hace unos años impartí una clase sobre este cuento en la universidad, después de una sucesión de cuentos contemporáneos de lo más macabros y oscuros, y dio pie a una gran conversación sobre lo difícil que resulta crear una acción dramática a partir de personas que se comportan bien y que se preocupan el uno por el otro; y lo gratificante que resulta cuando alguien lo consigue.

¿Tienen los alienígenas madres? Sé que algunos alienígenas se reproducen espontáneamente: se arrancan trozos y los colocan sobre el suelo y después los riegan… Pero supongamos que nuestro alienígena no es de esos. Yo le daría ‘Heme aquí planchando’ de Tillie Olsen (en el cual una madre de clase obrera reflexiona, ferozmente, sobre la manera en que ser pobre ha complicado la relación con su hija), para mostrarle que nuestra madres, en la Tierra, son tan buenas y ofrecen el mismo amor que cualquier madre alienígena —y, de hecho, es probable que sean mejores, porque aquí abajo, colega, estamos limitados (y ojo, que no me quejo) por un aplastante sentido de lo material, que hace que todo resulte difícil, no como vosotros, allí arriba, con vuestros «jardines infinitos» y vuestros «robots que producen petisús» y todo eso.

Allí arriba, en vuestro planeta, ¿igual la gente vive para siempre? Bueno, pues aquí abajo no sucede lo mismo. Y eso hace que las cosas den miedo, como queda demostrado en el gran ‘La muerte de Iván Ilich’, de León Tolstói, que se inspiró en una anécdota que el propio Tolstói escuchó una vez: un hombre moribundo gritó ininterrumpidamente durante los últimos días de su vida. El resultado es vivificante y aterrador, como atender el funeral de uno mismo —¡pero de una forma positiva!—. Desde la primera página ya sabemos que Iván está muerto, pero nos olvidamos, a medida que el momento llega, y nos encontramos en un estado (que nos resulta muy familiar) de negación. ¿Qué puede salvarle? Nada. ¿Cuál fue el pecado que le llevó a morir en tal estado de terror? Cada lector contestará a esa cuestión de manera diferente y, si acaso sirvo como ejemplo, lo contestará de forma diferente en diferentes momentos de su vida.

Nuestro alienígena nos está mirando raro. «Pobres imbéciles», parece decir con sus cuatro ojos verdes y con los cuatro que tiene azules y con esa cosa que es como una trompa y que cuelga de esa otra cosa, más pequeña, que parece una trompa: «¿cómo sobrevivís? ¿Acaso ofrece vuestra existencia en la Tierra algún placer?».

«Oh, desde luego», decimos. «Muchos placeres». Una de las cosas que realmente nos gusta hacer a los humanos es juzgar a alguien y dejar que esa opinión se anquilose para que podamos disfrutar de la consiguiente sensación de petulante superioridad. Bueno, yo sí, por lo menos. Aunque el placer nunca dura demasiado, como demuestra ‘Danza de las sombras felices’ de Alice Munro, ‘The Deacon’ de Mary Gordon, y el cuento de Raymond Carver ‘Una pequeña cosa buena’. En cada uno, el lector se ve transportado hasta un lugar cómodo y severo, donde el escritor y el lector conspiran para criticar/mirar por encima a un personaje. Luego todo se da la vuelta: el lector se da cuenta de que (equivocadamente) se ha aliado con la intolerancia y la crueldad. Esto es, quizá, el momento terrícola por antonomasia: cuando descubrimos que hemos subestimado a uno de nuestros congéneres. Pero en literatura también es un dulce momento, porque la vergüenza que siente el lector es también la prueba de que él o ella todavía sabe diferenciar el bien del mal y que prefiere el bien. Ahora, échale un vistazo a nuestro alienígena: ¿Ha decidido, él también, ser más generoso a partir de ahora?

Si es así, quizá sea humano, después de todo.




© de la edición de julio de 2014 de la revista ‘O, The OprahMagazine’.

© de la traducción: Ben Clark. 




10.6.14

Presentación en Salamanca de 'La Fiera'

La Fiera Ben Clark


Presentación en Salamanca de 

La Fiera

de Ben Clark















28.5.14

Presentación en Barcelona

La Fiera Ben Clark



Ilustración: Dídac Plà



Big Bang



Atrás y más atrás, hasta el principio 
cuando todo ardía y nada 
era complejo, nada complicado. 
Atrás, hasta el calor 
primigenio, los fuegos que engendraron 
universos y dioses y taxímetros, 
frases largas y días sin que llames 
y camareros torpes 
y niños insolentes y los jueves 
por la tarde sin nada en la nevera 
todo 
y atrás y atrás de nuevo 
al instante anterior a la gran fiesta, 
todo está preparado, 
sólo falta que venga todo y tú 
también, unos millones de años tarde, 
claro, 
hasta este mundo frío de materia 
pervertida y promiscua. Atrás y atrás, 
quiero esperarte aquí, 
en esta oscuridad del porvenir, 
expectante y ansioso, 
y nombrar uno a uno los objetos, 
las cosas, a medida que se expanden, 
hasta llegar a ti, de nuevo a ti, 
y no decirte nunca que he viajado 
al principio de todo muchas veces, 
que te he visto desnuda por primera
vez incontables noches, 
pero siempre distintas (¡fiel azar!), 
y siempre con la duda, el miedo frío 
de no saber si estoy en este mundo 
o en otro donde nuestros cuerpos no 
se unen hasta explotar; 
en otro donde no yacemos juntos 
mirando al techo, a todo 
lo que hemos generado con deseo: 
el universo joven y voraz 
sobre el cual no tenemos ya control. 


Ben Clark
La Fiera 
Ed. Sloper, 2014





23.5.14

Llegó el día





Pantalla Niño


Todo estaba al alcance en aquel tiempo.
Los grandes bombarderos se cargaban
de aquel genial invento de los hombres;
la palabra amarrada a la columna.
Y cuando los motores estridentes
rugían sobre plazas y colegios
–sus miasmas lamiéndole los ojos
a los mismos que el ruido ensordecía–,
era fácil dejar la rebelión
en manos de otro día, otro momento.
Sobre la Red, las moscas navegaban
inconscientes. Felices. Deslumbradas
por la angulosa luz.
Llegó el día;
las membranas de acero inoxidable
espetaron entonces
un último mensaje.
No hablaba de esperanza.
No hablaba de futuro y sin embargo
lo escucharon los árboles resecos,
lo adoraron las rosas macilentas,
los perros embozados, los canarios
neuróticos, los óvulos de hielo
y los niños besados por el cólera.
Ya no era necesario hablar apenas.
Ya no quedaba nada que decirse. 




B. C.
Los hijos de los hijos de la ira 
Hiperión. 2006




20.5.14

Illa - Projecte Mut










Canción 'Illa' de Projecte Mut
basado en el poema 'Illa' de Ben Clark


www.projectemut.com




17.5.14

Presentación de 'La Fiera'

La Fiera Ben Clark




La Fiera

Y hoy escribo una columna sobre un libro de poemas. ¿Qué función puede cumplir la poesía en las páginas de un diario generalista? Tal vez ninguna. Los antiguos dioses, jóvenes como promesa fetal, esperan agazapados su momento; pero su momento, me hago cargo, no es esta columna. Esto sólo es un capricho mío, y una prueba de gratitud lectora: qué gran libro es La Fiera, de Ben Clark (Editorial Sloper, 2014).

Bueno, también es un aviso a navegantes: Clark presentará La Fiera el próximo viernes en la ibicenca Librería Hipérbole, acompañado por Pep Tur. Como el autor es buen mozo y encantador, un poco George Peppard sin prisas, el acto es un must. 

Hay dioses atravesando, muy discretos, los versos de este joven ibicenco de trayectoria saltarina (lo mismo le canta a la Basura (Editorial Delirio) que a la zoología) y mirada limpia y densa. Están ahí desde el principio, como lo está el viaje, que se parece mucho a la vida y a las cosas importantes dichas sin ponerse estupendos. Y está el amor, cantado casi como si fuera otra cosa, como si fuera una pelea en la jungla o una película en la que nadie salva al mundo del fin del mundo, porque total. 

Yo lo que le pido a la poesía, cuando me da por pedirle algo, es que en ella se confundan el instante y la eternidad; que esté salpicada de revelaciones, aunque sean pequeñas, aunque nazcan de la contemplación de la pinza de la ropa; que pueda leerla muchas veces como tarareo una canción de Battiato (si prendre tutto, anche il caffè…) y hasta recreo con los dedos el aporreo del infernal Casio, sólo que cada nueva vez no me sienta de nuevo en casa, sino en una casa nueva, un poco más amplia y acogedora. Todo esto lo tiene La Fiera, un libro tan natural y cercano y cósmico que como repase lo que he escrito me arrepiento: no hay que escribir de La Fiera, todavía no. Hay que leerla, de momento. Leer esto, por ejemplo: “no es raro que sucedan los milagros. / Lo raro es que sucedan por escrito”. O esto: “Porque fui de titanio dos años y tres días / puedo hablar de los deseos del frío, / de la quietud y el eco / de los polideportivos. Dos años / y tres días enteros sin llorar. / Metal”. Pero suceden. 

Miguel Dalmau y Vicente Valero, que van a misa, recuerdan en la contraportada de La Fiera que Ben Clark es un poeta bastante anglo, con su metafísica de miércoles por la tarde y su dicción sutil, con su ironía divertida y su universo en un canto rodado. Esto es hermoso y paradójico, porque yo juraría que también es un poeta mediterráneo, aunque sólo al final entre en escena el almendro en flor, como el niño más guapo de la función escolar, “antiguo dentro de un mundo viejo”. Y quizá sin pensar en ello, es un poeta isleño que aunque viaje lejos siempre vuelve “al centro inestable de los límites”. Como son isleños, a la contra, Los extraños de Valero Editorial Periférica) o los viajes dandi y exóticos de Enrique Juncosa en Los hedonistas (Los Libros del Lince). Por cierto, ¿qué ocurre en Ibiza? Parece de pronto un pequeño centro literario del mundo. 

 Josep Maria Nadal Suau 

(El Mundo, 17 de mayo 2014)




4.5.14

Cubierto




Ordenando sin asco las cucharas
de un restaurante caro recordé
las olas y a mi madre.

Había varios tipos de cucharas
–postre, con leche y solo– y no era raro
que apareciera un huérfano;
un pobre desterrado de quién sabe
qué franquicia, qué bar, qué casa sola.

Estas piezas bastardas acababan
todas juntas
en un tupperware blanco
sin tapa –y eran muchas, y distintas–.

Ordenando y puliendo las cucharas,
en los últimos días del verano,
pensé en mi madre blanca con los ojos
recorriendo las olas,
                             en busca del pequeño
que no sabe que está tumbado dentro
del barco inflable azul. Pensé en el mar.
En sus corrientes raras, en los sitios
que visitó mi madre en su cabeza.
Los cajones oscuros de la mente.

Pero me incorporé y gritó y la cosa
quedó en algo que padre no sabría.

Un objeto pequeño
que, empujado por quién sabe qué miedos,
reapareció de pronto,

en los últimos días del verano. 




Editorial Sloper, 2014











20.4.14

La Fiera y La Fera

La Fiera Ben Clark


La Fiera, de Ben Clark. 
ISBN: 978-84-942494-0-2
Precio con IVA: 11.00 €







La Fera Ben Clark Yannick Garcia

24.3.14

'En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis'

Poesía Bartleby Editores


En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis 


 1ª Edición: marzo de 2014 

PVP: 13 €


350 páginas












17.3.14

Arte






The disease had sharpened my senses
Edgar Allan Poe


La doctora dibuja un corazón
que no tiene forma de corazón.
Un corazón enfermo, un vienés
que baila mal el vals; la bomba atómica
del hombre que hay sentado a mi derecha.

Y juntos contemplamos al culpable.
Y juntos contemplamos a la víctima.
Su representación (esto no es…).
La doctora dibuja un corazón
y explica que la muerte llegará

aquí, o aquí, o aquí, o aquí
aunque puede que no, puede que no.

La doctora no sabe dibujar
pero traza sin miedo,
y al hablar por teléfono sombrea
los bordes con un gesto de fastidio.
«Ya lo decía Hipócrates…», nos dice,
y antes de despedirnos guarda el esbozo enfermo
en un cajón con llave.



B.C.





24.2.14

¿Cómo se dice esto que no perdura?


Roberto Bolaño


           
Roberto Bolaño: ¿Cómo se dice esto que no perdura?
 Cristián Warnken: ¿Lo efímero?
Entrevista. 1999.




Esto que abrasa
y languidece
un momento después de haber colgado,
cómo se dice el rato que vivimos
antes de la noticia de la muerte,
todo lo que ocurrió entre los silencios.
¿Cómo llamamos
al espacio que queda en el cilindro
del bolígrafo sin tinta?
¿Cómo se llama el hijo que no tengo,
el libro que me hubiera liberado
de aquel funesto amor?
–¿Cómo se dice cuando uno ama así?–
¿Cómo se dice esto que nos falta,
ahora mismo,
mañana, esto que falta y siempre falta
un día antes, en otro sitio, en otra
habitación?
Esto que perseguimos toda una vida en vano,
esta pequeña estafa que nos mueve
y seduce y obliga a continuar,
ciegos, locos y solos. 



B.C.
De La Fiera

Imagen: www.elextrarradio.com









14.1.14

'El poema más peligroso del mundo' de Arwel Cadwgan

Door


El poema más peligroso del mundo

Estoy ileso y sentado en una casa grande. 
Alguien ha entrado a la fuerza. 
Más de uno. Quizá más de dos. Ellos
no saben que yo estoy en la casa. Quizá
no les importe. Por ahora están en la planta baja
destruyendo cosas, guardándose otras, gritando
órdenes con palabras que no entiendo. 

No es dinero lo q buscan, no es venganza,

hasta donde sé no hay ninguna razón
para q ahora estén callados
detrás de la puerta del dormitorio. Escuchando 
rompiendo
la puerta mientras yo tecleo el 


Arwel Cadwgan
Traducción de Ben Clark




 The most dangerous poem in the world


I am sitting here unharmed in a big house.
Someone has broken in.
More than one. Maybe more than two. They do
not know that I am in the house. Perhaps
they do not care. For now they are downstairs
destroying some things, taking others, shouting
orders with words I do not understand.

It's not money they're after, not revenge,
as far as I know there's no real reason
for them to all be silent now
behind my bedroom door. Listening 
kicking
it in while I sit typing out the most





Arwel Cadwgan

4.1.14

'Donde la acera acaba' de Shel Silverstein

Where the Sidewalk Ends



Hay un lugar, un sito, donde la acera acaba,
donde la calle aún no ha comenzado;
allí la hierba crece blanca y blanda
y allí el sol carmesí brilla y calienta
y allí la luna alada reposa de su vuelo
y se baña en la brisa mentolada.

Larguémonos de aquí, donde el humo es tan negro
y las lúgubres calles nos constriñen.
Lejos de las canteras de las flores de asfalto
con pasos calculados y sin prisa,
que nos guíen las flechas de tiza blanca al sitio
donde la acera acaba.  

Sí; sin prisa y con pasos calculados,
por el camino blanco de las flechas de tiza
que pintaron los niños, porque los niños saben
bien cuál es el lugar donde la acera acaba. 




 Shel Silverstein
Where the Sidewalk Ends (1974)
Traducción de Ben Clark




Where the Sidewalk Ends


There is a place where the sidewalk ends
And before the street begins,
And there the grass grows soft and white,
And there the sun burns crimson bright,
And there the moon-bird rests from his flight
To cool in the peppermint wind.

Let us leave this place where the smoke blows black
And the dark street winds and bends.
Past the pits where the asphalt flowers grow
We shall walk with a walk that is measured and slow,
And watch where the chalk-white arrows go
To the place where the sidewalk ends.

Yes we'll walk with a walk that is measured and slow,
And we'll go where the chalk-white arrows go,
For the children, they mark, and the children, they know
The place where the sidewalk ends.



 Shel Silverstein


30.12.13

'El Año Nuevo' de Edward Thomas







Él fue el único hombre con el que me encontré en el bosque
aquella tormentosa mañana de Año Nuevo; y a primera vista,
a cincuenta yardas, no podía determinar hasta qué punto
era un hombre aquel extraño trípode. Su cuerpo,
inclinado, se sostenía por igual
en parte con las piernas, en parte con el rastrillo:
de este modo descansaba, mucho menos parecido a un hombre
de lo que su carretilla, de perfil, pudiera parecer un cerdo.
Pero cuando vi que se trataba de un anciano inclinado,
me vinieron a la mente 
los juegos en los que los niños se inclinan así; High-cockolorum
o Fly-the-garter, y Leap-frog*. Con el sonido
de los pasos empezó a enderezarse;
su cabeza giró bajo su capa como la de una tortuga,
se sacó de la boca una pipa sin encender
y, cortés, antes de que yo le deseara «Feliz Año Nuevo»,
murmuró con la cabeza mirando hacia arriba
–o por lo menos eso pude oír entre el rugido de los árboles–
«Feliz Año Nuevo, y que venga deprisa, de paso»,
al pasar yo caminando, y se puso de nuevo a rastrillar.




Tres juegos parecidos a jugar a la pídola, al burro o al pico zorro (N. del T.)



Edward Thomas

Traducción de Ben Clark
Poesía Completa. Ediciones Linteo, 2012.



The New Year



He was the one man I met up in the woods
That stormy New Year's morning; and at first sight,
Fifty yards off, I could not tell how much
Of the strange tripod was a man. His body,
Bowed horizontal, was supported equally
By legs at one end, by a rake at the other:
Thus he rested, far less like a man than
His wheel-barrow in profile was like a pig.
But when I saw it was an old man bent,
At the same moment came into my mind
The games at which boys bend thus, High-Cockalorum,
Or Fly-the-garter, and Leap-frog. At the sound
Of footsteps he began to straighten himself;
His head rolled under his cape like a tortoise's;
He took an unlit pipe out of his mouth
Politely ere I wished him "A Happy New Year,"
And with his head cast upward sideways Muttered--
So far as I could hear through the trees' roar--
"Happy New Year, and may it come fastish, too,"
While I strode by and he turned to raking leaves.


Edward Thomas