23.3.07

Anaconda

Un tercer tiro encajó otra pieza de plomo entre las dos que ya habitaban el cráneo de la anaconda. Apenas se movía pero el cochinillo seguía sin poder liberarse. Empezaba a amanecer y la niña se percató de que el ruido había ahuyentado al pequeño pinzón de manchas azules que diariamente la recibía cuando, descalza pese a las advertencias de su madre, salía temprano a respirar la selva de Venezuela.
Él escuchó esta historia muchos años después, cuando la niña ya no lo era tanto y hacia tiempo que las lluvias del trópico habían olvidado el tacto de su pelo. La noche era extraña. Ella era extraña, de grandes ojos fijos. Una mirada que parecía deslizarse entre el sinuoso humo del cigarrillo que sostenía. Era imposible no amarla. Imposible no sentir que te estrujaba el corazón, que lo oprimía sin esfuerzo. Hasta pulverizarlo.
El padre se bajó del árbol y dejó el rifle apoyado en el tronco. La niña sintió un escalofrío cuando, desarmado, su padre se agachó para tocar el cuerpo. Tenía la piel suave, no era difícil imaginarla envolviéndote, constriñendo la sangre hasta hacerla bullir con la presión. La anaconda había muerto y había nacido ella, nueve metros de serpiente y la niña observándola fijamente, con sus recién cumplidos nueve años.
El Orinoco fluía en otro continente, y ella sorbía su copa sin prisa. Hablaron durante horas, la gente se fue marchando y allí quedaron ellos. Depredador y presa, el cazador cazado. Sin embargo no había rifle que abatiera aquellos ojos, ni cochinillo tan dispuesto a morir.
‘¿Volverás?’ Preguntó. Ella miró hacia la televisión apagada, expresando la misma confusión que muestran todos los reptiles al observar su propio reflejo. Se sintió amenazada. ‘¿Volverás?’ Preguntó de nuevo. El Orinoco se detuvo en ese instante. ‘Venezuela digo…’ Murmuró él, sintiendo una leve presión en el pecho.
Secaron la piel. Pero se estropeó. Ya no quedaba nada de aquello. Salvo la historia, el relato de la serpiente mortal, cuya muerte es imposible probar y la descripción de un cochinillo asustado e imbécil. El Orinoco fluyendo en círculos entre cubitos de hielo y los ojos, los ojos fijos de la fiera, que podría aplastarte con una sola palabra. La niña observó el animal. Parecía moverse todavía.

5 comments:

Alberto said...

¿Eres tú el cochinillo, Ben?
¿Quién es la serpiente, entonces?
Ummm, sugestivas resonancias bíblicas, "pecadoriginalescas".

Salud!

Anonymous said...

joooder, enhorabuena ben, despues d todo el jaleo del "anónimo maldito" y esos poemas facilones de lo adverso sobre los que los lectores insinuaban que los mejores no los colgarias en un blog... pero q nadie acababa d criticar... Solo decirte (en mi modestiiisima opinion ;)) q esta nueva versión si hace verso de lo adverso, seguiré leyendo, seguiré leyendo...

Camilo de Ory said...

Benvingut, que decían los polacos antes de lo de Hitler.

Lo de Ory-noco ¿iba por uno mismo?

Lo sospeché desde un principio.

Prinsipio, que dicen los sudamericanos después de lo de Cortés.

Esther said...

Una pena no poder escucharte en el José Hierro...

Anonymous said...

me ha encantado tu entrevista en el tribuna. FELICIDADES