19.7.07

Fly Me to the Moon

En pocos sitios se sentía tan en casa como en un aeropuerto. Nunca entendió a la gente que acusaba la fría impersonalidad de estos edificios, él siempre encontró que desprendían una calidez y una amabilidad que ya quisieran para sí la mayoría de los hogares. Solía caminar por terminales infinitas, persiguiendo el reflejo borroso que caminaba ante él en el granito negro y que nunca alcanzaba. Era feliz en una silla de plástico, intentando descifrar un periódico italiano arrugado que algún pasajero en tránsito había olvidado o abandonado. Y cómo negar que él también, cuando las circunstancias permitían cierta intimidad y garantías de discreción, había montando en carrito como si se tratara de un patinete. Otras veces entristecía, sin motivo aparente, y buscaba las puertas de embarque más alejadas, de donde partían los vuelos a destinos obtusos e infrecuentes, donde solían estar perpetuamente reformado algo y se metía allí, entre tubos de plástico y piezas de falso techo apiladas en el suelo, a dejarse consolar por los carteles de prohibido fumar.
Solía enamorarse en el aeropuerto. De hombres altos y oscuros con camisetas amarillas y de mujeres rubias rellenitas con una peca en la mejilla izquierda; era lo bueno de los aeropuertos, uno podía ser extremadamente selectivo, sólo hacía falta tener paciencia y tarde o temprano aterrizaría su media naranja. Sin embargo no solía ser correspondido y, si lo era, difícilmente podía llegar a saberlo: dicen que el idioma del amor es universal, pero no estaría de más que viniera con traductor incorporado, por si acaso. La gente iba y venía contándose historias, quejándose de esperas en ocho idiomas, reprochándose gafas olvidadas en el hotel. Era una ciudad deshabitada sin papeleras.
No eran raros los días en que pegaba la nariz al vidrio, empañando la superficie con el aliento, mientras sus ojos se perdían por la pista de aterrizaje y se sentía preso de una mezcla desigual de nostalgia y excitación cuando el avión lograba finalmente burlar la gravedad. Podía pasar horas en aquella posición y tampoco era raro que alguna pareja de pensionistas holandeses le preguntara si se encontraba bien. Cuando esto sucedía simplemente sonreía, con una de esas muecas de tristeza que impiden más preguntas. Entonces se marchaba, recorría las terminales en busca de las puertas de embarque fantasma y se sentaba entre paneles y polvo de obra, a llorar, maldiciendo su aerofobia.

2 comments:

Olalla Hernández Ranz said...

Qué pena más grande!

Alnitak said...

Es genial. ESo suele pasar mucho, adoramos, amamos, justo aquello que nos da miedo, o viceversa, tememos sin medida aquello que en realidad y secretamente amamos.