3.7.07

Sobre olivas y escritos

Y de pronto un día se puso a escribir. No supo muy bien por qué ni sería capaz de decir por qué dejó de hacerlo -si es que dejó de hacerlo realmente- alguna vez. Y también, sin saber tampoco por qué, recordó un viejo olivo centenario (fue milenario en su infancia y fue cada vez más joven a medida que él se volvía más viejo) donde jugaba con su hermano y chicos de la zona. El olivo era espeso y enorme. Habían pasado muchos años desde su última poda y las ramas apenas lograban estirarse hacia el cielo antes de empezar a sucumbir ante la gravedad de sus años y su peso. En cierta forma parecía más un sauce llorón que un olivo (llegado este punto uno debe anotar que en Ibiza al árbol que da las aceitunas -olivas- se le llama olivo y no oliva, como se acostumbra decir en el sur). De esta forma el árbol ofrecía un lúgubre espacio interior, aislado del mundo. Al introducirse en esta cámara secreta -cuya existencia apenas se podía intuir- uno desparecía para los demás y, claro, los demás desaparecían para él. Por lo tanto no es extraño que fuera uno de sus sitios predilectos para esconderse. Sin embargo el escondite ofrecía un problema importante que únicamente sería desterrado un tiempo después, para que ocupara su lugar el gran inconveniente que llevó a ese mágico lugar a ser siempre uno de los primeros en ser registrados. Pero antes de que se volviera un sitio absurdo para esconderse, y mucho antes de que el juego, absurdamente, se volviera absurdo ante los ojos adolescentes, el escondite ofrecía ese primer problema irresoluble que, recordándolo ahora, bien podría haber sido su principal atractivo: cuando uno se agachaba entre las densas matas que poblaban felizmente la húmeda catedral del olivo, el ruido del viento entre las hojas y la extraña configuración acústica que proyectaban las ramas escamadas impedía advertir si alguien estaba cerca. El árbol cumplía así su paradoja más extraña, provocar desde su quietud milenaria la ansiedad de la presa. Era una sensación excitante que transmutaba el tiempo. Había instantes, largos instantes congelados, en los que tenía la sensación de estar muy cerca de alguien, de que alguien le acechaba, más allá de la curva perfecta de los primeros frutos, que nadie recolectaría en noviembre.

5 comments:

Luna Miguel said...

El árbol es el mejor amigo del hombre. (Nunca me gustaron los perros.)
El olmo viejo de Machado, el ciruelo de Rodríguez Marcos, los jardines de Kolmar... etc ect



Y me alegro de tu vuelta al blog.

gsus said...

A mi me gustan los árboles y los perros. Y saber a que hora se escriben los posts.

Recuerda que te espero con el kayak.

Un saludo Ben!

Camilo de Ory said...

En la parte del Sur que yo conozco, al árbol de la aceituna se le llama olivo, igual que en Ibiza. La oliva sería, precisamente, la aceituna en sí.

Don Ben, se prodiga usted con cuentagotas: con lo prolífico que me era en sus tiempos de aún mayor gloria.

(Señorita Miguel, eso de "el ciruelo de Rodríguez Marcos" suena fatal, aunque la expresión sea semántica y poéticamente de lo más preciso.)

Castos abrazos a todos.

El detective amaestrado said...

Un buen árbol hinca sus raíces en la gran literatura...

Natasha said...

El sauce llorón es uno de mis árboles favoritos. Es el habitáculo que la naturaleza le ofrece a los melancólicos.

Saludos.