14.4.08

La alfombra


La alfombra del despacho del Dr. Kettleman estaba desteñida en algunos sitios, en parte debido al hambre de la luz californiana, en parte por el efecto de la lejía que solía gotear del trapo de alguien del personal de limpieza cuyo nombre el Dr. Kettleman ignoraba. El estado de conservación de la alfombra del Dr. Kettleman, sin embargo, no le importaba demasiado al médico ya que otras tribulaciones, como la inminente boda de su sobrina, o la aparición de nuevas e irrefutables pruebas relacionando a su mujer con la desaparición de su colección de Habanos, le sumían en una serie de pensamientos que dejaban a la roída alfombra lejos de sus prioridades, en una zona larga y tenebrosa del cerebro del Dr. Kettleman, donde se acumulaban pelotas perdidas en la infancia y esperaban pacientemente su diagnóstico tres enfermos de gota. Pero un día de marzo, poco antes de que su sobrina sorprendiera, para el íntimo regocijo del galeno, a su prometido con una australiana que conoció en un viaje a Ámsterdam, la alfombra del despacho del Dr. Kettleman reclamó todo el protagonismo que no había precisado en catorce años de tácito servicio.
Cuando el paciente entró fue directamente hacia el escritorio del médico, postrándose ante el mismo para asombro y azoro de su dueño. Parecía indio, se figuró el doctor, aunque hoy en día y no te podías fiar. Recordó la inminente boda de su sobrina y tuvo un escalofrío. No, hoy no te podías fiar. El posible indio lo sacó de sus pensamientos con una serie de cantos o rezos proferidos en indio, arameo, árabe o bengalí, si es que existe el idioma. A saberse, pensó Kettleman, a saberse. Se acercó al paciente, preguntándose si no sería todo aquello un sencillo síntoma de una patología comúnmente conocida como la majadería, la chifladura, la ida de olla o la perola andante. El hombre, sin parar de hablar, sostenía una de las desgastadas puntas de la alfombra, atrayendo la mirada del Dr. Kettleman hacia la misma, por primera vez en muchos años. Ahora el posible indio –¿o iraní? Reflexionó Kettleman– ya no rezaba o parecía no estar rezando sino explicando algo que el doctor sintió que debería estar comprendiendo, pero sin lograrlo en absoluto. El ahora más iraní que indio aunque vete tú a saber tal y como están los tiempos, qué mezclas, qué lío, por qué se tiene que casar esta muchacha había dejado de hablar. Sonreía. El Dr. Kettleman se descubrió a sí mismo sonriendo también, sin saber por qué. El paciente sonreía y miraba por la ventana hacia el cielo. Luego miró hacia la alfombra. En ese momento una parte distinta a la anteriormente mencionada del cerebro del Dr. Kettleman se activó, una parte pequeña, casi invisible, y el doctor asintió suavemente, sin dejar de compartir la sonrisa del desconocido, y se dirigió hacia la ventana para abrirla.




Publicado en Tribuna Universitaria, Salamanca.

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