14.4.08

Verano del ‘91

Una de las historias favoritas de Bernardino trataba de aquel verano infantil en que Mr. Picwick le enseñó a escuchar las voces de los aviones. Mr. Picwick había luchado en la Segunda Guerra mundial, algo que al niño le parecía una suerte tremenda y así se lo dijo. El anciano sonrió con menos amargura que desaliento y, conociendo la respuesta, le preguntó a Bernardino si alguien, alguna vez, le había enseñado a escuchar las voces de los aviones. La respuesta, urgente y desesperada, jugó con la memoria escurridiza del viejo inglés, devolviéndolo un instante al campo de batalla.
Cuando ocupó menos de dos minutos en engullir las verduras, su madre supo que algo tramaba. No le dio, sin embargo, tiempo a preguntar porque Bernardino ya sale por la puerta, ya silba, ya corre, ya salta y desafía al mundo con sus ojos azules porque hoy él, el niño más importante sobre la Tierra, va a aprender a escuchar los voces de los aviones en el cielo.
Aprender a escuchar resultó ser, en un principio, algo bastante más monótono de lo que uno podría esperar. Lejos de implicar los poderes psíquicos para los que Bernardino ya había inventado dieciséis nombres distintos con clara inspiración marveliana, requería cierto dominio sobre un aparato negro y, previsiblemente, muy pesado. La idea de impresionar a sus amigos con su recién adquirida habilidad –superpoder– se desvanecía por segundos.
Lo primero que hace falta para aprender a escuchar los aviones, dijo el anciano con una sonrisa burlona, es paciencia. Bernardino, para no enfadar a su vecino, procuró tener dos minutos enteros de paciencia hasta que ya no aguantó más y exigió oír algo. Un cuarto de hora después el anciano seguía impasible, masticando su propia dentadura y mirando al suelo, con dos auriculares enormes sobre las orejas que le otorgaban cierto parecido inverosímil con Mickey Mouse. Llegado a este punto Bernardino se hubiera conformado con ver avioneta, un parapente o incluso una cometa algo vistosa. La radio hizo un pequeño ruido. Mr. Picwick sonrió y miró al cielo. Bernardino aguantó la respiración.
El niño esperó varios siglos a que Mr. Picwick se quitara los auriculares y, después, otro siglo más a que el anciano se los colocara de la forma que él consideraba la adecuada y que no podía ser de otro modo. Bernardino no escuchaba nada. Pero había un zumbido lejano, un murmullo interrumpido de una forma rítmica, poco a poco el murmullo empezó a sonar como algo que podrían ser palabras de otra lengua y luego, no, no podía ser ¡era inglés!. Bernardino miró al cielo, sin encontrar nada. Miró a su anciano amigo y vio que éste contemplaba un punto del crepúsculo. Un punto diminuto que en ese instante reflejaba un rayo del sol que teñía su estela de magenta. Bernardino se preguntó a dónde viajarían aquellas almas, y la constipada voz del piloto lo anunció unos instantes después.
.
.
Publicado por Tribuna Universitaria, Salamanca

No comments: