8.5.08

El monstruo

Monstruo

No es fácil ser el monstruo. Si me permitieran llamarlo profesión diría que es una profesión muy exigente. Pero nunca permitirán que afirme tal cosa. Yo soy el monstruo.

Sí que me permitiréis, sin embargo, decir que no sabía lo que hacía, incluso me animaríais a ello si pudierais. Cualquier cosa menos aceptar lo que soy, el monstruo, el tipo que vivió vuestras pesadillas como un sueño. Pero no es fácil ser el monstruo.

Una cosa no siempre implica la otra y yo no soy un mentiroso. Yo no les mentiría porque me parece algo denigrante, un insulto a su inteligencia. Ya ven que los monstruos –sí, el plural existe– también tenemos nuestra moral. ¿Pero qué os da miedo? ¿Es la realidad? Yo existo, soy, respiro igual que vosotros y contamino lo mismo. Consumo como cualquiera y, de vez en cuando, también disfruto de alguna comedia mala. Pero nada de eso os importa, pensáis que mi vida es muy distinta, el lado oscuro de la vida, por decirlo de alguna manera. Él, él, no yo, nunca. Pero no creo equivocarme cuando digo que en algún sórdido rincón de vuestro ser habita, expectante, una chispa de curiosidad. Y con una chispa se puede quemar un bosque.

No, no es fácil ser el monstruo. Hay que creer en uno mismo como si se tratara de una religión. Es necesario ser fuerte, ser categórico. El monstruo no puede dudar. Yo no dudo nunca, puede que esa sea la diferencia –la única– entre vosotros y yo. Yo tengo claro lo que tengo que hacer en todo momento y sé exactamente cuáles van a ser las consecuencias de los actos. Hubiera dicho de mis actos pero no, de los actos o pasos, si preferís llamarlos así –que sé que no–. Una paso lleva a otro paso. Y hay que caminar para andar, aunque no os guste el camino. Ya veis que los monstruos también somos un poco filósofos. Qué difícil es ser el monstruo. No tenéis ni idea.

Lo más complicado, sin duda, es engañarse a uno mismo con la esperanza de que le comprenderán. Ya os he dicho lo que opino de la mentira y creo que mentirse a uno mismo es peor que mentirle a otra persona. Pero hay días en que siento como una extraña y monstruosa melancolía, y me convenzo de que todo cambiará y lloro. Sí, lloro, aunque os parezca imposible. Lloro. Aunque al oírlo os entren ganas de vomitar.

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