15.5.08

Sobre algo que sucedió una vez

Para Víctor Balcells,
In Memoriam

En el bar Los Amigos no hay amistad que valga. De hecho nada vale demasiado en Los Amigos, salvo las consumiciones. Pero esto nunca ha supuesto un problema para los apáticos parroquianos del bar Los Amigos, exótico punto de encuentro para dos escritores depauperados.

La barra, fuera de un aspecto de altar de sacrificios maya, ofrece poco. La camarera tiene el pelo demasiado negro y es imposible calcular su edad aunque sería imposible que esa edad imposible fuera inferior a cincuenta. Se toma un minuto largo para calibrar, junto a los dos orangutanes que simulan ser clientes, la turbia naturaleza de los dos extraterrestres que han osado alunizar en el supermercado salmantino de la heroína. Dos gintónic, bifíter a ser posible. ¿Gintónic? Vale, ¿pero con qué queréis la ginebra? Con tónica.

Los escritores se sientan, como pueden, sobre unas sillas que nunca pretendieron serlo, y se toman un momento para decidir cuánto va a durar sus vidas. Mientras tanto, sobre el altar, la dueña empieza a leer la tesina que viene a decir que esto no se hace, muchachos, que estáis donde no corresponde y, a modo de conclusión, fuera: los vasos son de una promoción de coca cola que ya no existe y la ginebra es escasa. Sin embargo no falta, por oscuros motivos de orgullo hostelero, el limón.

El primer escritor apura la copa –el vaso– y murmura algo sobre escribir una novela apócrifa sobre el lugar, o sobre incluir el lugar en alguna de sus novelas apócrifas. Luego calla. El otro escritor asiente, murmura algo más sobre Bolaño, sobre la necesidad, sobre los buitres que se mueren contra los molinos en l’Empordà. Piden de nuevo y el primer escritor, que siempre presumió de coquetear con el suicidio, exige –si es posible– algo más de un dedo de ginebra. El otro escritor se hunde en su silla, rezando para que las patas cedan de una vez por todas, mientras calcula el ángulo necesario para desnucarse con el radiador jurásico.

Tras la segunda copa el primer escritor se arranca y cuenta una anécdota de Vila Matas que luego no resulta tan divertida como ambos esperaban en un principio. El segundo escritor intenta añadir algo sobre Vila Matas pero no hace más que terminar de estropear la maltrecha anécdota y decide callarse. Al rato el segundo escritor le recomienda un libro al primero. El primer escritor asiente, grave, y promete comprar el libro y luego fantasea con la posibilidad de robarlo. Beben. En la barra hay unos cuantos buitres que no han muerto todavía, aunque no tardarán, y el primer escritor le comenta al segundo que mejor se lo compra, que se lo comprará en definitiva. El segundo escritor intenta sonreír, pero teme terminar de invocar la ira de los dioses impronunciables de la barra.

2 comments:

Pablo Sánchez Herrero said...

De robar libros nada, ¿eh? los libros se compran, SE COMPRAN, que para eso están. ¿o cómo quieren los señores vivir en un futuro? ¿del cine? ¿de los gin-colas? ¿del perpetuo zumbido a un paso del crujir (bíblico)de dientes entre prosa y poesía?

...um... es una idea...

Prufrock Balcells said...

En el blog una carta dirigida a ti que trata de conjugar todas las cosas que nos acercan y alejan (y lo consigue). ¡Ea! un brazo.