2.5.08

Sucede

En un momento dado todo deja de importar. No es, contrariamente a lo que uno podría pensar, el momento inmediatamente posterior a una catástrofe natural, a un accidente de tráfico, al reflejo de la muerte en un escaparate de rebajas. Sucede. No hay otra explicación. Sucede un martes, o un miércoles por la mañana, temprano, antes de amanecer. Sucede eso que es inexplicable y que no tiene por que suceder nunca; la vida de uno mismo parece la vida de otra persona. Alguien lejano. Alguien que no nos interesaría nunca conocer. No hay un manual para estos casos. No hay estudios. El hombre ha llegado a la luna. El hombre, en alguna parte, sabe de qué está hecha la Coca Cola. Pero no sabe qué hacer cuando aquello sucede. Lo primero que uno debe tener a mano son las llaves del coche y, por supuesto, efectivo para gasolina y chicles de fresa. Los chicles de fresa son fundamentales. No es posible cambiar de vida sin chicles de fresa. Está estadísticamente comprobado. Cuando uno conduce hacia una nueva vida se da cuenta de que la carretera se parece mucho a la vía que recorría en otro tiempo. Se parece. Pero no es igual. Nada es igual. Los chicles no son iguales, para empezar, y la incertidumbre es distinta a esa incertidumbre que revoloteaba sobre el desayuno a mediados de mes. Ahora es tan ingente que ni siquiera se nota. Como la gravedad. Pero no hay nada grave en la situación. No es una crisis. Está más allá de cualquier tipo de crisis. Una fase de duelo consigo mismo, uno podría decir… Pero no. No hay términos psicológicos para definir el estado mental de quien lo deja todo. De quien lo gana todo. Sucede. Puede que el amor tenga algo que ver, como en todo, puede que tenga algo que ver con el gato que nos cruzamos todas las mañanas y que misteriosamente nunca es el mismo. Algo que ver con la chica con hemiplejia que se sienta siempre en la misma butaca cuando desayuna y que suele derramar algo del café. ¿Pero qué? No hay un libro que lo explique, no hay una película de González Iñárritu que lo describa. Y, preguntarán algunos: ¿Dónde va aquel que lo deja todo? Normalmente a ningún sitio. Normalmente, y con suerte, a la cocina, al frigorífico, a por un vaso de leche fría. Y después a trabajar, a olvidar cuanto pueda, a negar cuanto pueda de todo lo dicho anteriormente mientras el gato juega entre unas cajas de Zara, y la chica sueña, y el camarero, sin sonreír, le pone otro café.

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