25.6.08

Vidas Improbables

para

Timothy Treadwell, y mi amigo Eric

In Memoriam

El fin de las vidas improbables es el principio de la tristeza. Los hombres ilustres que no descansan en ningún panteón no velan por la Humanidad como todos esperamos o queremos creer. La muerte de la última vida improbable nos asesina a todos cada día, nos reduce a lo que realmente somos: un montón de carne, de material ingerible, programado para pudrirse. Las vidas improbables no son, como se suele creer, vidas egoístas. Las vidas improbables son vidas armadas, cargadas de posibilidades que los demás, que gozamos de nuestras vida predecibles, que los demás, que etiquetamos, que enumeramos, que siempre guardamos fuerzas para la vuelta no podemos imaginar sin orinarnos encima.

El fin de las vidas improbables es el fin.





Recuerdo al joven Eric,
que fue joven y joven hasta el fin.

Apenas fue a la escuela y mi hermano
y yo consideramos
que esto era algo salvaje, y una suerte.

No le tenía miedo a las alturas.

Sabía desnucar a una gallina.

Sabía disparar con escopeta.

Fuimos, los tres, amigos de verdad:
era algo muy normal que peleáramos.

Es posible que fuera para mí
una especie de héroe infantil.

Me confesó el secreto de las piñas:
‘si entierras una piña crece otra.’

Nunca supe –ni quisiera saber –
si eso es verdaderamente posible.

Era dueño de un burro mal llamado
Houdini que era viejo y no mostró
ni siquiera interés por estirar
de la cuerda peluda que lo ataba.

Tenía un tren pequeño de mentira
que era el único tren que mi hermano
y yo habíamos visto.

No tuvo nunca tele.

Apenas tuvo amigos.

Recuerdo que una vez lo abandonamos
volviendo de excursión:

los dos coches pensaban
que Eric estaba en el otro vehículo.

Vagó toda una noche entre los pinos,
sin luna, junto a los acantilados.

Quiero creer que nunca tuvo miedo.

Murió muy a principios del milenio,
en Londres,
poco antes de los veinte
tras haberse comprado un libro gordo
sobre náutica y nudos.

Se colgó de una viga.

Y quisiera pensar que me equivoco,
que su vida no fue sólo un preámbulo
perfecto de su muerte.

Quiero creer que nunca tuvo miedo.

5 comments:

taun said...

¡Qué bonito!

Seguro que Eric era mas valiente que al que con su mismo nombre llaman el Rojo. Seguro que nunca tuvo miedo, y que ahora todos los caminos arriba y abajo del acantilado están iluminados por su luna.

Victor Balcells Matas said...

Poema genial !

He estado mirando en momentos de descanso un libro titulado "Comeclavos", de Albert Cohen. Hay una parte muy divertida en la que se cuestiona por qué demonios en todas las novelas y textos narrativos de la historia de la humanidad, los personajes, doncellas, mozos y otros, no van nunca al baño. "Sí, caballeros, desde Homero hasta Tolstoi, los jóvenes héroes y heroínas sufren, sobre todo si son guapos, una espantosa retención. No pueden más. ¡Más de treinta años hace, por ejemplo, que una tal señorita Natacha Rostova bebe y el autor no le concede permiso para retirarse un instante! Todos/as los amantes de Shakespeare, Dante, etc, no pueden más de la continencia impuesta por los autores." Todo eso fue así hasta que llegó Ignatius J. Reilly, personaje de Toole, que adecuadamente caga y se tira pedos según necesidad, incluso en los momentos menos adecuados. Todo un avance en la práctica narrativa.

Ben Clark said...

¡Es verdad! El pobre autor de 'A confederacy of dunces' es, pues, el gran genio de la Literatura Universal (no podía ser de otro modo). Le recomiendo pues, estimado Balcells, que llene sus páginas de mierda (de más mierda, quiero decir... ) je je.

Abrazos varios en esta hora pre-podemos, o pre-hubiéramos podido.

berti said...

La primera parte del poema me recuerda a los periplos infantiles de Scout en Matar un ruiseñor (la segunda parte lamentablemente no :(

Leoncio Martínez said...

Hace una semana murió un amigo. De alguna manera la muerte es lo que menos me importa de él... Es lo más obvio, lo más inevitable. Su vida, es lo delirante.. un preambulo injusto para una muerte injusta.

de verdad me tripeo lo que escribes..