29.3.09

Nueva sección: DIES SOLIS (Nº 1)

Las visitas al blog no hacen más que aumentar. Por ello os doy las gracias e inauguro (no sé si esa és la palabra) una nueva sección: DIES SOLIS, donde procuraré demostrar que nunca debí empezar a escribir narrativa, cada domingo. Salud a tod@s y, de nuevo, gracias. B.C.



City Life


Lo normal, en estos casos, es avisar a la familia. Eso decía la señora. Lo normal es avisar a la familia pero, claro, no se trata de una situación normal. ¿Entonces qué, señora? Quién sabe, había dicho, yo sólo le digo que lo normal sería avisar a la familia. ¿Pero qué familia? Pues la suya. ¡La suya! ¿Y cómo sabemos si tiene familia? Todo el mundo tiene familia, es lo normal. ¡Y dale con lo normal! No hay nada normal en todo esto. ¿Y qué propone usted que hagamos? No lo sé. Pues yo sigo pensando que deberíamos avisar a la familia.
Hay pocas cosas que no encuentren algún tipo de justificación en un otoño frío. Cualquier fenómeno, cualquier dicha, cualquier nuevo amor o ruptura puede achacarse sin suspicacias a un perentorio fin del verano, a una llegada inminente de los compromisos navideños o al lento pasar de las cosas que pasan, en otoño, cuando cualquier fenómeno, cualquier dicha, cualquier nuevo amor o ruptura puede, sencillamente, ser aceptado.
Mire a ver si tiene algún tipo de documento. Quizá tenga un teléfono móvil. Quizá tenga uno bueno. ¿Es que pretende usted robarle el teléfono? ¡Pero señora! ¿Por quién me toma? Además; imagino que no volverá a usarlo, en cualquier caso. Eso no importa; lo natural es entregar cualquier pertenencia a la policía, o a la familia. Ya estamos con la familia y no, no parece que lleve ningún documento, tampoco un móvil. ¿Y cuando tenía que llamar a alguien, qué hacía?
Sin embargo hay ciertos aspectos de la urdimbre difíciles de entender en cualquier época del año, haga calor o frío. El cuerpo estaba sentado, con insólita rectitud cerca del estanque de los patos. Parecía estar dormido o muerto, lo cual tenía cierta lógica por estar, en ese momento, muerto y por haber muerto -según se podía especular- mientras dormía. Algún tipo de pájaro ¿o quizá una ardilla? había logrado acertar entre ceja y ceja, confiriéndole al cadáver una expresión contrariada, poco digna según apreciaba la señora y absolutamente inaceptable si uno reparaba en que era miércoles y faltaban pocos meses para iniciar la cuaresma. Los patos habían acabado con lo que debió ser un bocadillo en otro tiempo y era razonable pensar que habían realizado más de un intento serio con el bote de coca cola light que, emulando a su legítimo dueño, mantenía un equilibrio precario en una esquina del banco, a medida que el sirope secreto iba ajustando su temperatura a la del muerto del parque. Yo no tengo tiempo para ocuparme de esto, señora. Tengo trabajo que hacer. ¿Y qué pretende? ¡Qué cargue yo con el muerto! ¡No! Debemos avisar a alguien. ¡A la policía! ¡O a su familia!
La policía tardó en llegar. Mientras tanto el muerto adquirió un color más arbóreo, una textura más rupestre y un sabor más agrio. Morir es envejecer deprisa, dijo la señora. Tonterías, replico él. Un pato tiró el bote al suelo. El cadáver apenas ofreció una queja. ¡Este muerto huele! Espetó el inspector ante la señora. Es nuestro segundo muerto de hoy, aunque el de antes, claro, no olía. ¿No olía, dice usted? No: era un esqueleto que llevaba medio siglo encerrado en una habitación. ¡Qué horror! Sí, pero no olía. ¿Y saben ustedes si este joven venía mucho por aquí?
A una hora indeterminada del día de ayer, anotó el inspector, un varón sin identificar vestido de "sport" se sentó en un banco del parque de San Lucas y murió por causas aún desconocidas. Se sintió satisfecho. Había interrogado a una señora elegante pero francamente desagradable y a un anciano jovial que, al parecer, había llamado a la policía. Nadie conocía al fallecido y nadie podía asegurar que no llevara allí varias horas, semanas, varios meses o, quizá, desde que el mismísimo Pablo de Tarso separara a Lucas de los circuncidados. Se preguntó si el muerto estaría o no circuncidado. También se preguntó cuál sería su nombre, quién lo estaría echando de menos en ese momento. Decidió dejarlo para mañana.
Al día siguiente los periódicos hablaban del curioso hallazgo de un esqueleto "acostado" en una habitación: "Muerte en el olvido" tituló uno de los periodistas que había sido un poeta frustrado en la facultad. "Muere y nadie lo descubre hasta 50 años después" Había escrito un becario. Algunos se preguntaron quién sería aquella persona, si sería un hombre o una mujer -los periódicos daban versiones distintas- y qué tipo de mundo dejó atrás cuando decidió cerrar los ojos, medio siglo atrás, quizá para dormir una siesta o una noche entera. Y mira que es raro, dijo la mujer, porque alguien tendría que haber notado que no estaba, digo yo. El camarero hizo como si no la hubiera oído o como si oírla le diera lo mismo. El chico del otro día no le había vuelto a llamar y no tenía su número.





Foto: "Man on a Bench"
photograph
By Martin Stabler

4 comments:

rhinslumber said...

Yo también he estado pensando en mi funeral últimamente.

Gabriela said...

mmmmm, esta muestra no alcanza para darnos cuenta de que nunca debiste empezar a escribir narrativa. Necesitaremos miles de muestras/domingos más.
Saludos!

insomne said...

MMMM coincido con gabriela, necesitamos mas relatos.............. porq estrictamente hablando esto no es un cuento.... de todas formas para ser sincero voy a decir q no me gusto je pero tampoco me parecio lo mas feo que he leido esta pasable.......... saludos sr clark!

Annabel M. Z. said...

¿Tenemos que darte la razón?
Nunca
debiste
empezar
a escribir
narrativa.

Disculpa la broma. Un placer leerte.