17.4.09

Crónica de la muerte de Víctor Balcells Matas

Los enemigos de jardínDe izq. a derecha: Borja Aguiló, Fabio de la Flor y Ben Clark en el funeral de V. Balcells Matas.

Texto leído el 16/4/2009
por Los Enemigos de Jardín
(Borja Aguiló, Ben Clark, Víctor Balcells Matas y Fabio de la Flor)

Nota: Es muy probable que el texto contenga erratas y errores: todas prueban varios fenómenos; la incultura general de su autor (Ben Clark) y la velocidad con que se escribió para poder leerse el día 16. De todos modos, haré lo posible por ir ajustando lo ajustable, arreglando lo que tenga remedio. Muchas Gracias. B.C.

Crónica de la muerte de Víctor Balcells Matas Episodio Primero

Víctor Balcells Matas murió una tarde sin gracia de febrero. A él le hubiera gustado morir en primavera, cuando los campos son sugerentes y los estudiantes fornican en los pasillos deshabitados de la facultad de derecho. Pero no: Víctor Balcells Matas murió una tarde sin gracia de febrero, un día sin especial relevancia –es muy posible que fuera un martes, aunque nadie lo recuerda bien- y en pleno desayuno. Fue, para entendernos, una muerte ridícula: el forense dictaminó que el individuó, de 23 años y varón –aunque poco – feneció a consecuencia de una sobredosis de phoskitos. El forense aclaró que de haber ingerido tigretones o panteras rosas en lugar de phoskitos el resultado habría sido el mismo pero con una estética muy diferente. Y entonces todos entendimos por qué Víctor Balcells había elegido el elíptico phoskito en lugar del cropófago tigretón, el phoskito espiral e hipnótico y no la pantera rosa, émula de alguna parte del cuerpo de espinete que nunca llegó a salir por la televisión. Estas cosas y otras mucho más importantes pensábamos al dirigirnos hacia el promontorio donde, por expreso deseo del escritor, debíamos enterrar el cadáver. Éramos pocos y menos todavía los que no teníamos algo mejor que hacer: Víctor Balcells Matas había muerto sin tino ni complacencia; jodiéndonos los planes a unos cuantos en un acto típico del poeta histriónico que nunca fue pero que siempre quiso ser. No hubo cura. Nadie dijo unas palabras solemnes. Por no haber no hubo ni ataúd: lanzamos su cuerpo a la fosa como quien extiende un cheque, quedó en una postura extraña, algo incómoda, y hubo alguien que sugirió que mejor así: más interés tendría su fósil, el fósil de Víctor Balcells Matas, dentro de millones de años en algún museo de Marte, cuando todos ignoraran su nombre y muerte por empacho, intrigados sólo por todas las especulaciones que aquella extraña postura podría suscitar. Fue, la verdad, un coñazo de día sin otro aliciente que el de haber enterrado a un amigo. Tras la no-ceremonia decidimos entrar en un bar para beber a la salud de Víctor Balcells, aunque alguien señaló que esto era, en realidad, una paradoja o algo parecido a una paradoja así que decidimos entrar a beber, simplemente. Y allí estábamos, en el bar, todos los amigos de Víctor Balcells Matas. Los tres nos miramos sin decir nada. Al rato uno alzó la voz y dijo: ‘¿Y qué podemos decir de Víctor, he?’ Hubo un largo silencio, hubo un silencio largo amenizado solo con espesos tragos de cerveza. ‘Sabía escribir frases muy largas’ Comentó uno. ‘Sí’ Repetimos todos. ‘Sí, aquello es verdad’. ‘Sí’. (pausa) ‘¡Nadie escribía frases tan largas como Víctor y no se pinchaba como cree la madre de Fabio!’ ‘‘No, no’ (pausa) ‘Víctor cabalgaba sobre la escritura, besaba versos, abrazaba palabras, urdía frases, se peleaba con los verbos, cantaba a la luna, miraba al mar, rezaba al sol, en definitiva, era un maricón!’. Y así nos quedamos, viendo discurrir la vida, la misma vida que había prescindido de Víctor Balcells cuando entró por la puerta su viuda, Annie Parson de la Croix, con quien había mantenido una intensa aunque algo insatisfactoria relación afectiva durante no menos de tres semanas previas a su muerte. Annie Parson de la Croix nos miraba con la tristeza acumulada de las viudas de milenios atrás: en su angelical rostro de mujer sesgada se respiraba la melancolía de las esposas de los griegos de Termopilas, la exasperación sin consuelo de las dos cientas mil novias de los cien mil hijos de san luis, la intrínseca belleza azul de las judías de Treblinka, despojadas ya de sus anillos de compromiso: así que nos echamos a suertes quién intentaría follársela primero. El azar y la cordura me permitieron ser el primero en ofrecerle a la viuda de Víctor Balcells Matas la rigidez del cual Víctor Balcells Matas gozaba ahora en muerte, pero que no había sabido administrarle a Annie Parson de la Croix en vida. Me acerqué, como un depredador del Serengueti que conoce todos los atajos, como un estudiante de secundaria americano armado con una semiautomática que conoce todos los horarios y todas las salidas: debía ser mía. Cualquier destino –menos el de Víctor Balcells- era preferible.

Crónica de la muerte de Víctor Balcells Matas Episodio Segundo

Así estaban las cosas: nuestro amigo muerto y enterrado con los ojos abiertos observaba desde el más allá la sutileza sensual de mi inminente avanzadilla. Pero, ay mísero de mí y ay infelice, yo ignoraba que Annie Parson de la Croix conocía ya la sutileza de la mano de su antiguo profesor de oregami, sabía identificar al rinoceronte en celo, sabía distinguir la edad de los rones sólo por su reflejo y yo, yo, que confundía las hamburguesas del mcdonlads, yo, que tenía ya la mirada áspera que se les queda a los hombres que ven demasiado porno, yo, que, en definitiva, había sido dotado de una delicadeza parecida a la del Goebbles, conducía a 200 km/h hacia un muro. Y no tenía frenos. Annie Parson esperó con la tenacidad de los ejércitos napoleónicos que nunca rompieron las filas, Annie Parson esperó como los dragones de Komodo que intentan confundirse con las rocas, Annie Parson de la Croix, la muy puta, esperó hasta tenerme delante para darse la vuelta y salir por donde había venido, a saberse, la puerta. No dijo adiós, no dijo contigo no bicho, no dijo se acaba de morir mi esposo y pésimo amante Víctor Balcells Matas. Se fue, sin más, y me dejó desamparado y triste y, lo que es peor, en ridículo delante de los otros dos contendientes y sin embargo amigos del muerto que tanto fracaso me habían deseado. Así que nos pusimos a beber. Bebimos. Bebimos y bebimos por todas las veces que nuestras madres habían dicho que no lo hiciéramos. Fumamos un cigarrillo por cada cáncer promedito por el Gobierno. Cosimos palabras y chistes y en general nos lo pasamos de puta madre aquella madrugada del día en que habíamos enterrado a Víctor Balcells. El poco dinero que habíamos previsto para brindar por el muerto fue menguando casi tan deprisa como los gin tónics. Al sentir el tintineo de los hielos de las últimas copas cundió el pánico. Entonces a uno –puede que fuera yo – se le ocurrió una idea terrible que, regada con nuestra nostalgia y mi particular frustración sexual por la imposibilidad presente de fecundar Annie Parson de la Croix, se nos presentó como magnífica. Una idea genial. Una idea definitiva. Así que nos dirigimos, alegres y escorados, hacia el promontorio donde, unas horas atrás –puede que unos siglos atrás – habíamos enterrado al denostado escritor de novelas apócrifas: Víctor Balcells Matas. No tardamos mucho en desenterrar el cuerpo. Cuando lo tumbamos sobre la hierba todos convenimos que parecía expresar cierto alivio por el cambio de postura. Algo que nos reconfortó y que casi nos enterneció, con lo que decidimos proceder al plan cuanto antes, para no sentir la tentación de profanar ninguno de sus orificios, porque no era cosa de perderle el respeto a un amigo sólo porque se encuentre despojado de pulso. Así, con el muerto a hombros bajamos cantando hasta la ciudad, donde los niños dormían y las parejas se odiaban unos instantes antes de desearse las buenas noches, bajamos a la ciudad con nuestro amigo cadáver –cada vez más risueño –, a la ciudad que no entendió su arte, a la ciudad que podría haber sido otra ciudad o todas las ciudades que rechazaron un manuscrito de Víctor Balcells. Bajamos como empujados por una vitalidad ignota, por un deseo de seguir bebiendo y, ahora, con un plan.

Crónica de la muerte de Víctor Balcells Matas Episodio Tercero

Así estaban las cosas: cadáver en brazos y el ánimo dispuesto. Poesía en el aire. Opio por los tejados. Luna árabe y conquista general. Yo pensaba en Annie Parson como quien no deja reposar un antiguo amor en alta mar, pensaba en ella mientras la cabeza de Víctor me golpeaba con cada compás de nuestras canciones regionales el hombro. Con cada golpe se desprendía un poco de tierra y algunos cuerpos extraños que sin duda debían haber estado allí antes de que lo lanzáramos al hoyo, sin cartera y sin reloj, sin dignidad ni remordimientos. Así las cosas, bajábamos con un muerto que bailaba como no lo había hecho en vida y procedimos a seleccionar con cautela el destino adecuado para una comitiva tan distinguida. Tras las deliberaciones oportunas y con el beneplácito de nuestro invitado nos dirigimos al Stars, la discoteca de moda, donde los dueños utilizan un ambientador de canela sólo perceptible si uno comete el insensato error de acudir al Stars antes de las dos de la mañana, cuando en lugar de ser la discoteca más yeah es un hangar sin alma ni sentido, con largas barras vacías tras los cuales languidecen camareras tristes y ociosas. Pero no eran las dos sino las cuatro y la canela ya se había confundido con el sudor de los cuerpos de Inditex. Los bafles podían adivinarse a varias calles de distancia, así que aceleramos el paso como tres reyes magos, portadores de un regalo más valioso que el oro y que la mirra, más valioso que el incienso de canela que ya intuíamos o creíamos intuir tras el enorme portero que nos franqueó el paso, como franquea la presa china las tres gargantas el río Yangtsé. ‘¿Qué le pasa a ese!? ¿Está borracho?’ ‘¿Borracho?’ Replicamos. ‘¡Claro que no está borracho! Está… descansando. ‘¡A mí me parece que está borracho! No queremos a borrachos aquí!’ Sin ánimo de entrar en un interesante debate sobre la incongruencia de decir esta frase en un local que pretendía venderte cuantas más copas mejor, nos resignamos a abandonar el Stars, su canela y todas las promesas que su cáliz afrodisíaco nos auguraba. Algo abatidos pero sin duda menos que Víctor entramos al Macoqui, donde las copas son caras y las putas no. El Macoqui a aquellas horas tenía el mismo aspecto que el Macoqui a otras horas: la luz tenue, el esquivo concejal. Todo estaba tal y como recordábamos que estuvo la última vez que entramos, con el firme propósito de desvirgar a un nada firme Víctor Balcells. Pero esa es otra historia. ‘¡Hola guapos!’ Nos dijo una señorita con acento de Girona. ‘¿De nuevo por aquí? Nos dijo otra, sin duda más perspicaz y por lo visto con cierta afición a la mnemotecnia. ¡Vuestro amigo tiene mejor aspecto que la otra vez! Dijo una tercera. Y todos, amigos y putas, dedicamos unos segundos para contemplar al hermoso durmiente, que nada decía, y que bien podía estar en disposición de demostrar algo más de vigor que aquella noche en que acudimos, inquietos, al Macoqui por primera vez. ¡Champan para todos! Grité yo. ¡Que la cosa no decaiga! ¡Viva la vida y viva la muerte! Que hoy celebramos un día importante en la carrera literaria de Víctor Balcells. ¿Sabían ustedes que es, que era, es escritor? ¿No? ¡Pero cómo, señorita… ¿Candida? ¡Cándida! ¿No sabías tú, Cándida, que estás en presencia de uno de los grandes? ¿Cómo? ¿Dormido? ¡No, mujer, no! ¡Artista! ¡Poeta para más señas! ¡Y más champan para esta mesa por favor! ¡Que no decaiga la fiesta! Que hoy celebramos un día importante en la carrera literaria de mi amigo Víctor Balcells Matas!

Crónica de la muerte de Víctor Balcells Matas. Epílogo.

Y sí, se lo podrán imaginar. Fue una noche de excesos. Hablando en plata, del Macoqui no se marchó ninguno sin follar. Ni si quiera Víctor; porque no se marchó. Lo dejamos allí, tumbado y contrariado, dándole conversación a la más fea, que le hablaba de un marido que tuvo en la costa y que ahora le debía pasar un dinero que nunca terminaba de pagar. Lo dejamos allí, como un señor, como un poeta, en los peludos brazos de aquella meretriz. Y lo hubiéramos dejado con un cuaderno en las manos, cosa que a él le hubiera gustado, pero al no tener ninguno a mano decidimos dejarlo con la cuenta del champan y de las putas, porque a él le hubiera gustado, porque siempre fue, en el fondo, casi tan buen colega como nosotros lo éramos de él. Muchas gracias.

Epílogo II

Y no, nunca me tiré a Annie Parson de la Croix: se fue un guitarrista con cara de vikingo, a recorrer los escenarios de Europa del Este cantando versiones de Radio Futura. A veces pienso en ella y me pongo nostálgico, entonces, cuando no puedo más, acudo para aliviarme al Macoqui, que sigue casi igual, la luz tenue, el esquivo concejal, y una especie de estatua macilenta en una butaca, cubierta de polvo, que parece querer decir algo, pero que nada dice.


3 comments:

Sara said...

muy bueno, cropófago tigretón

rhinslumber said...

Brillante, qué bueno Ben, como me he podido reir. Gracias por ponerlo.

ROYO-VILLANOVA said...

Este cabrón es grande y ciertamente insígne. Dios y el Diablo se han puesto de acuerdo en él. ¡Brilla!

Todos deberíamos quedar un día a fumar polen de cannabis en una bonita habitación, ininterrumpidamente.

Salud y Larga Vida a todos los cabrones!