29.4.09

No pises mis zapatos de gamuza azul

Sandalias Cangrejeras
Texto de Los Enemigos de Jardín.
Leído en Radio Persona. 29/04/2009


Este texto está dedicado a mi madre. Para ti. Madre.

¡Madre! Te escribo esta carta, Madre, para decirte que me acabo de licenciar en Prosología por la Universidad de Salamanca (que, como bien sabes, es pública y goza de un prestigio incomparable dentro del marco de la Prosología y la Conumentación). Sé que has esperado mucho a que llegue este día. Yo también, Madre. Han sido cuatro años de esfuerzo, dedicación, estudio y constancia con sólo mi inconmensurable amor por la Prosología como fiel aliado. No ha sido fácil, madre. Repito: no ha sido fácil. Con todo, estoy contento; me aguarda un futuro incierto y absolutamente pesimista. Ya hay un licenciado más en el mundo y siento que hay grandes proyectos a mi alcance. Pero el motivo que lleva a escribirte hoy no es sólo para comentar este detalle de mi currículo. Te escribo hoy porque siento que, en justa compensación por la alegría que ahora sientes al tener un hijo prosólogo, debo pedirte la respuesta a la pregunta que me lleva carcomiendo desde mucho antes de que conociera Salamanca, la prosología, el amor y la pérdida. Una pregunta que me hice cuando pesaba la mitad que ahora y tenía el doble de ilusión. Es, madre –y en esto estarás de acuerdo– necesario que aclare esta cuestión para poder convertirme en un ciudadano consumista corriente, en un número más en la seguridad social, en un prosólogo eminente que no arrastre taras circunstanciales y sin respuesta, tales como esta que ahora yo te planteo:
-¡Mama! ¿POR QUÉ ME HACÍAS IR AL COLEGIO CON SANDALIAS CANGREJERAS AZULES? ¡Qué clase de persona le haría eso a un niño! Eran azules, madre, azules y de plástico. Y me ponías calcetines blancos. Y quizá, madre, todo esto no sería tan grave si hubiera ocurrido sólo en verano, bajo el escudo de la sombrilla complaciente, junto a los primos albinos de gales entre una multitud anónima. Podría haber ocurrido en verano. Pero no. Llegaba febrero y con los primeros rayos tímidos (¡y falsos!) de sol decidías que el solsticio estival estaba al caer. Entonces te levantabas temprano (y esto siempre lo he recordado) para hacerme el desayuno y yo sentía por un instante que no habría en mi vida otra mujer que no fueras tú. Pero entonces, madre, mientras masticaba los Frosties y soñaba con ser piloto (¡Piloto he dicho, madre! ¿¡Has visto alguna vez un piloto que llevara sandalias de plástico azul!?), pues eso, que mientras soñaba con ser piloto tú calentabas agua en una enorme cacerola inoxidable. Hervía el agua, madre, y el vapor ascendía y con esa ascensión yo me sentía legitimado como niño aviador, pero no; el agua no era para bendecir una meteórica carrera espacial. Era para lavar aquellas sandalias. Para esterilizar aquellas sandalias. Para quitarles la capa de mierda que inevitablemente se colaba entre la planta del pie y la base cada día, cuando yo intentaba jugar al fútbol con un calzado que no era sólo inadecuado sino ridículo. Y ahora viene lo peor, madre. Limpiabas aquellas sandalias y el agua las deformaba ligeramente pero las limpiaba. Oh, ya lo creo, las limpiaba y parecían, madre, parecían, cada día, sandalias nuevas. Fue un tormento, madre. Un tormento sin paragón. Fui, durante cursos, durante siglos, el niño que estrenaba cada día sandalias nuevas. De plástico. Made in Spain. Azules. Y con calcetines. Sé que piensas que no es para tanto, madre, se que piensas que los influjos de la prosología están tras estas letras y que la cosa no fue tan grave. Y no lo hubiera sido, creo yo, de no ser por dos fenómenos trasversales que los padres, a menudo, suelen ignorar sobre la infancia ajena: 1) que los niños se comportan como niños y 2) que los niños, de todo el mundo, nacieron y crecieron, desde siempre, con un deseo común: correr a todas partes. Madre: ¿Tú sabes qué clase de ruido hacen unas sandalias cangrejeras de plástico –recién lavadas– sobre el hormigón de un patio de colegio? ¿No lo sabes? PUES YO SÍ. Y lo supieron también mis compañeros y supieron, también, haciendo gala de los principios poéticos que todo niño posee de forma innata, encontrarle un símil en la Naturaleza. Y sí, madre, con el tiempo les he dado la razón: cuando yo corría sonaba igual que una bandada de patos desbocados escapando del Apocalipsis. ¿Te das cuenta Madre? ¡Me enviaste a morir! ¡Cada mañana, cuando limpiabas aquellas sandalias azules de plástico, cuando les quitabas la poca roña que me confería algún tipo de derecho sobre mi virilidad pre-púber, cuando preparabas aquellos calcetines blancos que sólo se manchaban por las partes que no cubría el plástico, cuando hacías todo eso, madre, me enviabas a morir!. ¿Cómo iba yo a ser piloto? ¿Cómo podría siquiera compartir mi deseo por volar si todo el mundo ya me identificaba con un pato!? ¡El Zapato-pato! Madre una carrera es una cosa importante. Sí. Y es importante la universidad y que sea pública. Sí. Pero hay cosas que pueden arruinarle la vida a uno y aquellas sandalias pertenecen a ese grupo. Es por esto Madre, que te escribo hoy. Para decirte que ya he terminado la Universidad. Que soy Prosólogo y que mi tiempo entre los estudiantes alcohólicos de Salamanca ha terminado. Por este motivo te pido encarecidamente que dejes de enviarme sandalias cangrejeras azules de la talla 45 a primeros de cada mes. Sí. Comprendo que no debe ser fácil encontrar sandalias del 45. Per debes saber que en estos cuatro años no he utilizado ni un solo par. Debes saber que todavía hoy sueño con ser piloto y que –y lo digo sin rencor–, intuyo por delante una vida miserable de plástico azul.





5 comments:

rhinslumber said...

Me pasó lo mismo pero con un jersey. ¡Qué lástima nuestra suerte!

su


er


te

Anonymous said...

No sé cuanto de cierto y cuanto de imaginación hay en esta historia que tiene todo el encanto de las fanequeras azules que la protagonizan. Porque esas sandalias de plástico, azules o no se llaman fanequeras y todos los niños de mi generación que hemos vivido a la orilla del mar, mezclados con pescadores y con peces las hemos utilizado para que no nos picasen las fanecas bravas. Eran, aunque no lo dices, muy incómodas. Ah!, y enhorabuena porque el texto es tierno, bonito y digno de un "licenciado en prosología" por una Universidad Pública, que yo también creo que son las mejores dentro de las que hay.
Chity.

Just me said...

no he podido borrar la sonrisa de mi cara durante la lectura...a saber cuantas he tenido yo de esas, de todos los colores creo!
enhorabuena -.*

Jesús Aparicio González said...

Me encantó pasarme por tu blog.
Mi enhorabuena también por tu poesía.
Y si quieres, cuando tengas un rato estoy en mi blog.
Un abrazo

Sara said...

yo tengo unas con tacón, es el colmo de las cangrejeras!