26.5.09

Monólogo "Cuando les digo que soy de Ibiza" Primera parte.

Ibiza Party
Monólogo para una actuación de Los Enemigos de Jardín
Hay que tener en cuenta que es un monólogo, con lo cual
(espero) habrá muchas cosas que se pierdan sólo con
su
lectura. Pero bueno, espero que os guste.
A los de Eivissa sobre todo.
Todos los personajes son ficción.
Cualquier parecido con la realidad es una ¿coincidencia?

B.C.



"Cuando les digo que soy de Ibiza" Primera parte.

Cuando me preguntan de dónde soy siempre hay algún tipo de reacción al contestar: de Ibiza. ¿Lo veis? Siempre un ah, o un no jodas o (y esto un clásico) ¿De Ibiza, y qué haces aquí? No. La verdad es que hay mucho despiste con este tema y por eso me gustaría contaros cómo fue crecer en Ibiza para que todo el mundo entienda mi situación.

Cuando naces en Ibiza nadie te avisa de que has nacido en Ibiza. Es algo que tienes que ir descubriendo tú, poco a poco. Naces y si se te ocurrió hacerlo a principios de los ochenta lo habrás hecho en el único hospital de la isla que, pocos años después, transformarán en una comisaría. Años después volverás a esa comisaría, ya nacido, para pedir explicaciones y para arreglar unos papeles y descubrirás que buena parte de las enfermeras que te atendieron siguen trabajando allí, con otro uniforme. Pero es Ibiza y nada debe resultarte extraño. Cuando naces en Ibiza lo primero que hacen es enseñarte tres fotografías. La primera, de Abel Matutes, y acto seguido te dan un hostia. La segunda, la Cibeles de Madrid, y acto seguido otra hostia y la tercera, las cerezas de Pachá. Tú, claro, eres recién nacido pero no gilipollas y procuras esquivar la tercera leche pero el médico es rápido pero tú más y….[movimientos de discoteca] Ya eres un ibicenco de verdad.

Pero crecer en Ibiza es más complicado que nacer en Ibiza. Los niños son crueles en todas partes pero siempre he pensado que allí, ya sea por nuestra sobre exposición al sol o por nuestro pasado cartaginense, éramos y somos una pandilla particularmente dotada para la hijoputez. Me acuerdo por ejemplo de una chica poco agraciada de mi clase. Bueno, alguien decidió un día que era una chica y todos estuvimos más o menos de acuerdo. Esta chica, Catalina, venía de la otra isla (del cual os diré unas cuantas cosas luego). Formentera. Catalina, la llamábamos, Catalina la de Formentera. Sí. Y se lo preguntábamos (qué hijos de puta) Catalina ¿Tú eres deforme entera? Y ella nos sonreía con una mueca que aún hoy nos persigue y decía: Sí. Lo dicho; una panda de hijos de puta. Porque nunca hubo buen rollo con la otra isla (porque así la llamábamos “la otra isla”).

Siempre había como un extraño pique, unas ganas como de humillarlos, de recordarles que eran muy poca cosa. Me acuerdo de cómo quedábamos en el muelle antes de ir al instituto para ver llegar a los de Formentera que venían a ir al médico, o a tramitar algún papel. Llegaban con sus maletas, sus abrigos, con cara de refugiados y nosotros, los Ibicencos, descendientes directos de Jaume I el conquistador sentíamos que aquella invasión no era permisible, que debíamos resistir. Así que les lanzábamos discos de house y remezclas de Locomía porque era lo que más teníamos a mano. Porque en Ibiza tenemos ese pasado, el de lanzar siempre lo que más teníamos a mano.

Antiguamente, claro, eran piedras, cantos rodados que los primeros Ibicencos lanzaban con bassetjas. La bassetja viene a ser como una especie de honda que te enganchas en el meñique y al cual das vueltas y vueltas para lanzar una piedra a Match 6 con la intención de atravesarle el cráneo a un invasor. Así nos las gastamos en Ibiza. La bassetja, pero, ha tenido otros usos a lo largo de la historia no siempre relacionado con la férrea defensa de nuestra deleble insularidad. Por ejemplo era muy común que los pastores se instruyeran en el antiguo arte de la bassetja para poder dejar k.o. a una oveja extraviada o en vías de extraviarse. A nosotros, sin embargo, todo este folclore siempre nos pareció algo lejano hasta que un día hicimos un descubrimiento insólito. La maestra nos hablaba de los primitivos ibicencos y de sus temibles bassetjas sin despertar en nosotros el más mínimo in
terés cuando de pronto dijo que bajaríamos al patio para poder ver una demostración de todo lo que nos había contado.

Bajamos por las escaleras –porque en Ibiza no teníamos ascensores ni escaleras mecánicas, de hecho hacia 1992 instalaron unas escaleras mecánicas en el aeropuerto y hubo colas de ibicencos para subir por ellas. El caso es que, y esto sigue así, sólo hay unas escaleras de subida y los niños y los ancianos se fueron acumulando arriba, a la espera de que, de un mom
ento a otro, las escaleras cambiaran de sentido. Algunos siguen allí. En fin, cosas de Ibiza- así que bajamos por las escaleras, manada de búfalos –Y esto no es una metáfora, llevábamos todos, y nos parecía normal, unos zapatos que costaban 20.000 pelas (cuando 20.000 pelas eran 20.000 pelas) y que eran, en verdad, plataformas. Las llevaba todo el mundo, al principio sólo las chicas más bajitas para ser como las chicas altas y luego las chicas más altas para no ser como las más bajitas y luego los chicos bajitos (con cierta timidez al principio pero luego con el aplomo que el peso de los zapatos les confería) para no ser más bajitos que las chicas altas y finalmente los altos que nos pusimos aquellos zapatos porque era lo lógico, lo irremediable y terminamos en Ibiza así, toda una generación siete centímetros más alta, a escala, y 20.000 pelas más pobres cada uno. Y fuera de Ibiza, sin embargo, no se vendió nada. Cómo se descojonó de nosotros el de las Búfalo.

Así que bajábamos por las escaleras y para llegar al patio y allí no había nada ni nadie. Bueno, estaba Catalina (la de Formentera), esbozando lo que, en el mundo de los posibles, podría haber sido una tímida sonrisa, o una sonrisa maliciosa. No sé. La cosa es que la profesora nos reunió a todos y nos dijo que estábamos a punto de presenciar una demostración de tiro con bassetja llevada a cabo, ni más ni menos, por el campeón mundial de tiro con bassetja. O debería decir, se corrigió la profesora, campeona. En ese instante miramos a Catalina y algunos repararon en su existencia por primera vez. Ella, consciente del momento, isla en una isla, extrajo del bolsillo izquierdo de su chándal una larga cuerda trenzada. Hubo ciertos cuchicheos. Sin dejar de mirarnos, como la mamba negra calibrando a su presa, extrajo de su bolsillo derecho una pequeña piedra ovalada reluciente y pulida. Hubo silencio. A saber cuánto tiempo llevaba aquella piedra en aquel bolsillo. Bolsillo que no había sentido jamás el roce de una mano adolescente ajena, bolsillo que no había escondido cigarros ni había especulado con preservativos manoseados. Bolsillo que no había cumplido más que una función; salvaguardar aquella piedra, piedra que ahora Catalina con la destreza de los antiguos coloca en el centro de la cuerda, equilibrio imposible, piedra que ahora ya no es piedra, sino un cuerpo celestre rodeando un sol que nunca vimos, Catalina, Catalina la de Formentera que ahora tiene sus gruesas gafas apuntando hacia un punto en el otro extremo del patio, no, un momento, el otro extremo del patio no, sino más allá, el campo de fútbol, y dentro del campo de fútbol ¿qué hay? ¿Lo ves tú? Pero si éramos sólo niños y era imposible pero no, sí, un momento, una mesa, una mesa con algo encima y Catalina ya es un helicóptero, sus caderas se mueven como nunca volverán a moverse en la vida, su muñeca traza la circunferencia griega, pura longitud y nadie osa decir una palabra: sólo el zumbido milenario de la bassetja llena el aire y Catalina suelta un pequeño suspiro, algo parecido a un gemido o quizá una letanía y la mano se le abre y hay un destello y a lo lejos algo revienta en el campo de fútbol. Silencio. Catalina recoge sin ceremonias su letal instrumento y desaparece por la boca del sombrío edificio donde intentaban domarnos. Alguien gritó ¡Vamos! Y sin que la maestra pudiera evitarlo corrimos hasta el final del patio, cruzamos la carretera y llegamos al campo de fútbol, cansados, donde pudimos ver un pupitre verde, y en el suelo, a escasos metros, un retrato de nuestra clase, perforado en el centro. Un retrato donde todos nos abrazábamos y nadie abrazaba a Catalina, la chica que venía de Formentera.



14 comments:

luna said...

Ah, Fresy Paradise

Ben Clark said...

Ah, A Fairy Depress

rhinslumber said...

Ja ja ja. Magnífica construcción pero el final no me convence. ¿Estamos hablando de fist-ing o de bulli(ing)?

Pita Cardona said...

jejej, si, muy dura la adolescencia, muy dura....a veces pienso: que haria yo ahora si tuviera 20.000pesetas en el bolsillo y no me las hubiera gastado con las jodias búffalos???
sigue así Ben. mooolt be

Luisa Marin said...

me he quedado con ganas de mas!!!! y oye... tu tenias las Buffalo?? no lo recuerdo... pero vamos qué bien me vendrian ahora las jodidas 20.000ptas tio... muy bueno lo de Catalina ladeformeentera!! queremos mas!!!!! muy bien!!!!

Fran Vazquez said...

puto ben.

Sonya Viudez Torres said...

que bueno porfavor...y la jodidas buffalo...lo que pesaban esos putos zapatos.....Queremos la segunda parte!!!!!

Cristina Barriga said...

Ben! Queremos la 2ª parte!!!!! Porfa!

Luna L. Ch. said...

Gracias Ben por sacarme una carcajada a estas horas de la tarde!

Eli Jiménez said...

Q grande!!... Me ha encantado, tengo practicamente los mismos recuerdos que tú, pero en vez de Catalina la de Formentera teníamos a María, la de puig den valls... rivalidades absurdas, y de años a.. ;)

Casandra Riera Ribas said...

Hubo una ... Leer másépoca para mi pandilla, allá por 1º de ESO, que podría describirse como la "Operación: pon unas Buffalo en tu vida": solventando por un año el problema de qué regalarle al cumpleañero en cuestión decidimos que todos debíamos tener unas. Así, nos juntábamos 10 y le comprábamos al afortunado un par de esas platafórmicas botas...
Qué gran fenómeno social fueron y mira que son feas y poco favorecedoras.
Realmente, se han ganado un lugar privilegiado en el museo de recuerdos y demás nostalgias.

Maria Costa Roig said...

jaja..me he reido sola delante del ordenador y eso que a mi me cuesta!! genial!!! ;)

Javi Serra said...

Muy bueno. A ver si cuelgas pronto la segunda parte!!
Realmente la campeona de tiro en basetja de Santa Gertrudis es verídica, no? A mi suena. xDDD
Lo de bajar a tirar al patio con basetja seguro.
Yo no me dejé influir por la tendencia de las buffalo, aunque no me habría venido mal, je, je.

Tam said...

buf, las buffalo xDD
Me gusta, a ver sio hay segunda parte...