22.6.09

Recuento

Booy with chickensEntre sus tareas se encontraba la de contar todas las gallinas con la primera luz del alba. Era importantísimo determinar si seguían siendo el mismo número que la noche anterior. No era imposible que alguna escapara pero Paco quería que su sobrino las contara por una razón muy distinta: un temor irracional a que le robaran. Era, como ya he dicho, un temor irracional porque Raúl y su tío vivían a 270 kilómetros de ninguna parte y, en cualquier caso, si alguien se molestara en extraviarse hasta ese paraje remoto, sería muy bien recibido por el anciano y el niño, pudiendo degustar todo el pollo que quisiera sin mayor complicación.
Paco guardaba una escopeta cargada debajo de la cama. Había noches en que Raúl lo escuchaba arrastrando suavemente los pies por el suelo de piedra, luego lo vería parado bajo el umbral de la puerta que nunca llegó a ponerse, observando, gruñendo, la escopeta firmemente agarrada con ambas manos. En esos momentos Raúl fingía dormir, quieto. No era necesario cerrar los ojos, era imposible que Paco supiera que lo estaba mirando: su pelo, largo para ser un niño –largo como una nena, chico, tenemos que cortarte esos pelos- impedía que los cansados ojos del viejo pudieran distinguir más que sombras en la penumbra. Solía quedarse así unos minutos, quieto, respirando con cierta dificultad.
Por las mañanas ambos se levantaban temprano, pero sólo Raúl contaba las gallinas. Había desarrollado una serie de sistemas para agilizar el proceso y todas, en mayor o menor medida, habían fracasado: contar primero las blancas, las que eran más o menos blancas, contar las pequeñas, luego las grandes…Contar, contar y contar. Y nunca faltó ninguna.
Paco hablaba poco y cuando comía no hablaba nada. Raúl cocinaba y el viejo se sentaba a afilar los cuchillos, o a desmontar la escopeta. –Iremos a cazar esta tarde– Decía. –Bien. Contestaba el niño, y era fácil que no se dijeran más de tres o cuatro frases en lo que quedaba del día. Una tarde cuando Raúl…
Jorge levantó la vista del ordenador y miró por la ventana. Barcelona parecía derretirse sin salvación posible. En algún lugar lloraba una ambulancia y decidió ir en busca de un vaso de agua. Pensó en Paco, o en lo que él había entendido por Paco, y se preguntó si realmente podía existir esa extraña pareja. Bebió un trago y quedó embobado mirando el fondo del vaso. ¿Y si alguien escribiera algún día sobre él? ¿Y si alguien, que nunca hubiera estado en Barcelona, de pronto se pusiera a describir a un escritor fracasado y barrigón? Seleccionó el texto en la pantalla. Le dio a SUPRIMIR y puso los dedos en marcha:
Entre sus tareas se encontraba la de escribir un cuento todas las semanas…


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1 comment:

Anonymous said...

Me ha gustado mucho!