26.6.09

Un amigo le agradece al 'poeta' un plagio sincero

Gracias infinitas al poeta (sí, señores, ese mismo que tumbó a un rinoceronte adolescente con un impecable uppercut de izquierda). Gracias, que jamás podrán ser correspondidas (sólo podría ofrecerle en compesación un triste pedazo de carne húmeda, laxa y maloliente que, me temo, no aceptaría, aunque sólo fuese por hacer gala de su provervial cortesía anglosajona), gracias por permitir que esta señorita de pestañas demasiado azules, que alguna vez, ella ya no lo recuerda o se hace la tonta, fue bibliotecaria cortejada por la locura y la muerte, pueda ver su nombre impreso o, mejor dicho, imprimido en un libro (un día tendrá que vender también ese libro, pero entonces ya haría una semana, más o menos, que vendió el anillo y la cajita de música; se tendría que subir a la carreta, él la esperaría observándola tras el visillo apenas descorrido, arrugando un papel, humedeciédose el labio inferior, hincando la punta de un zapato sobre la moqueta); gracias por este lujo tan impropio de cocineras, sirvientas, dependientas de comercio y otros animalillos domésticos de parecido pelaje. Gracias a su impagable gesto (nunca un hurto fue tan celebrado por la víctima) mi nombre, esa especie de ancla que nos mantiene en la orilla de la cordura, ya ha quedado inmortalizado (pobres, pobres idiotas mortales, pésimos jugadores, ilusos, engreídos) para siempre en dos magnos documentos: este su delicioso librito (que iré degustando con la pequeña cucharita con la que como el yogurt diario) y esa ambiciosa obra reeditada cada año, trasunto de la ambición desmedida y estéril del hombre por abarcar el universo, llamada guía de teléfonos de la compañia telefónica de españa (obra de referencia por excelencia, prima hermana muy íntima del diccionario de la rae y cuñada del maría moliner). Gracias, poeta, muchas gracias y enhorabuena.
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