1.7.09

El misterio de Feodor Fitsch

Feodor FitschSobre Feodor Fitsch se saben muy pocas cosas: que era alemán, que probablemente estudiara bellas artes en Berlín a finales de los cincuenta y que es posible que muriera de una sobredosis de heroína en la zona de Ibiza conocida como Dalt Vila, en 1964, aunque algunas fuentes parecen situar su muerte en Madrid, a principios de los setenta. El célebre director Werner Herzog se planteó hacer una película sobre su vida con Klaus Kinski interpretando el papel de Fitsch, pero finalmente fue el director francés Barbet Schroeder quien se inspiró en él para crear a Stefan, protagonista de su primer largometraje, More (1969).
More
, cuya banda sonora fue compuesta ex profeso por Pink Floyd, cuenta la historia del joven alemán Stefan Brückner (interpretado por Klaus Grünberg) que decide partir de viaje tras finalizar sus estudios de matemáticas. De París volará a Ibiza, seducido por una jovencísima Mimsy Farmer, partidaria del nudismo que le habla de playas paradisíacas, de libertad y del amor libre. El destino de Stefan, como el de tantos otros que siguieron sus pasos, será trágico; el embudo de la heroína terminará por conducirle hacia una muerte patética entre las piedras de Dalt Vila.
Con motivo del 40 aniversario de la película More el joven hispanista galés Mark Jinn-Cable (Swansea, 1981) publicará en otoño su novela/ensayo More on More (Más sobre Más), donde realiza una biografía novelada de Feodor Fitsch y retrata los años en Ibiza que sirvieron para inspirar al cineasta francés que llevó su historia a la gran pantalla. Mark y yo nos citamos en un Vips de Madrid. Ha “googleado” autores ibicencos que sepan inglés y me ha escrito un e-mail. Sus rasgos orientales me despistan hasta que, finalmente, se acerca a saludar. Al preguntarle si no le resulta raro ser un hispanista galés que estudia a un alemán que vivió en Ibiza me cuenta la historia de su abuelo, que emigró de China a Londres antes de la segunda guerra mundial: “Lo que está claro es que hay historias en todas partes y que siempre las hubo. Mi abuelo viajó a Londres antes de que la palabra globalización figurara en el diccionario.”
Mark habla castellano –ha insistido en ello– con corrección y lentitud. Me pregunto cómo se las ha ingeniado para escribir una novela sobre un tipo del cual los ibicencos apenas sabemos nada. Se lo pregunto a él. “Fitsch fue poco menos que una sombra. Una sombra atormentada diría yo. De su obra no queda más que un autorretrato que compró el director Barbet Schroeder en un mercadillo y algunos bosquejos sin mucho interés. Incluso es posible que alguien timara a Schroeder cuando empezó a interesarse por la trágica historia del paso de Fitsch por Ibiza. La razón por la cual los ibicencos saben tan poco de Fitsch es sencilla: perteneció a una generación anónima que llegó a la isla para vivir un sueño que en realidad fue una pesadilla. A saber cuántos “Fitsches” hubo de los cuales no se acuerda nadie.”
Tras los cristales de la franquicia donde nos hemos citado un yonqui pide en la Gran Vía. Pienso en las palabras del galés sin entender por qué el nombre de Feodor ha escapado del olvido. “Como bien intuyeron tanto Herzog como Schroeder –me dice Mark, que parece haber adivinado mi pregunta– Feodor Fitsch no fue importante en sí mismo. Feodor no es más que una representación de toda la juventud que se llevó el caballo. Su nombre permaneció en ciertos círculos durante un tiempo porque fue, por lo visto, un chico que no dejaba indiferente a nadie: culto, seductor, con un fuerte acento alemán y un carácter impredecible. Además se “fue” dejando bastante dinero a deber, lo cual siempre contribuye a que te recuerden.”
La novela de Jinn-Cable (quien, por cierto, recibió ese nombre porque el primer trabajo de su abuelo, Kuan-yin, fue de electricista) está escrita en un formato que se acerca al ensayo. La trama se interrumpe con reflexiones del propio Feodor sobre la Alemania de la postguerra, sobre la necesidad de llenar su vacío espiritual y el movimiento hippie. El viaje de Fitsch a Ibiza, que Mark sitúa en la primavera de 1963, cierra la primera parte de la novela. La segunda parte empieza varios años después, cuando Fitsch ya ha muerto y Herzog, de vacaciones en España, conoce por casualidad su historia. A Mark no le sorprende que Herzog no terminara por rodar el film. Supone que el director de películas como Aguirre, la cólera de Dios o Fitzcarraldo tendría por aquel entonces muchos proyectos en la cabeza y Fitsch sería uno de tantos personajes rocambolescos que captaron su interés. También parece que ciertas dificultades técnicas lo echaron hacia atrás. Ante mis caras largas por no tener una película de Werner Herzog rodada en Ibiza, Mark me recuerda por qué estamos hablando: “Herzog no la rodó pero Barbet Schroeder sí lo hizo y, gracias a eso, tenemos More, una de mis películas favoritas y que tiene ya 40 años. Ríete tú de Trainspotting.” No puedo evitar preguntarle si se imagina entonces a Ewan McGregor interpretando a Fitsch. “Tendría que poder decir algunas palabras en ibicenco, porque se ve que Feodor gritaba cosas como “Bon día” cuando se emborrachaba. No creo que le costara. Pero habría que ver qué tal hace un escocés de alemán en Ibiza.”
Tras los cristales hace un frío que pela –incluso el galés de ojos rasgados tiene frío– el yonqui tiene la mirada perdida. Mark me muestra entonces una copia del supuesto autorretrato de Feodor: es más atractivo de lo que me esperaba. Comento que no parece del tipo de personas que mueran de sobredosis en Ibiza. Entonces Mark me pregunta cómo son esas personas. Afuera empieza a nevar.



Publicado en el suplemento 'La Miranda' del Diario de Ibiza. 23/01/2009

1 comment:

rhinslumber said...

Todo es extraño y sobrecogedor. Caballo y bocadillos de seda en Dalt Vila. Una lástima perderse esa Ibiza mítica que nos saluda desde las lápidas y las tablas de surf nunca pisadas por pie alguno. Matutes aparece, como cabeza-presagio y devora los restos trasnochados de un pasado, que nunca fue mejor, pero que fue hermoso.