29.8.09

Circunstancias

Life vest
Nada puede dar miedo si sólo lo vas a vivir una vez. Era, por supuesto, una reflexión absurda pero acertada dentro del incomparable marco de las circunstancias. Las circunstancias. ¿Podía llamarse circunstancia a aquella situación? La circunstancia lo es con respecto a algo, la circunstancia existe en sí misma. La circunstancia no existe.
Pero sentir o no sentir miedo era el menor de sus problemas. De haber podido decidir, y de haber decidido en ese caso sentirlo, no le hubiera dado apenas tiempo. Y durante un instante, durante el instante breve de lucidez que la botellita miniaturizada de vodka le ofreció, descubrió que lo que le atormentaba de verdad era la idea de que aquello podía no ser el fin. Porque era tan fácil dejarlo todo en manos de las circunstancias; en manos de algo superior, indefinible y en cierta forma absurdo. Echarse hacia atrás, ahora que la fuerzas G eran, todavía, sostenibles y fantasear sobre la posibilidad histriónica de encenderse un pitillo, sobre la sublimidad de obedecer diligentemente a la azafata que le ordenara apagarlo.
De haber sido religioso, meditó, le hubiera incomodado hacer cola con toda aquella gente a las puertas de San Pedro, o donde quiera que se haga cola al subir a los Cielos (porque, eso sí, tenía muy claro que cola, lo que es cola, se haría. Seguro). La insoportable mujer de los gemelos rubios. El desaprensivo de la revista Cronos. El concupiscente calvo que no paraba de hablar con la divorcée. Ninguno merecía morir, pero había algo en la certeza de que así inminentemente sucedería que les volvía más soportables, algo que les recubría de un interés pasajero y banal similar al que una pareja indostaní pudiera manifestar por una exhibición itinerante de objetos etruscos muy mal conservados en Varsovia. Pensó en tararear una canción o, mejor, ponerse te pie (exponiéndose feliz a que le obligaran a sentarse) y entonar un himno patrio o una balada de la peor época de Elton John. Se recriminó duramente por haber facturado su harmónica. El piloto decía algo pero ya nadie escuchaba. El reducido espacio de cielo que el ser humano había conquistado para sí presentaba un muestrario poco representativo de tres de las principales religiones terráqueas en un momento de máxima tensión. El conflicto era sencillo: alguien no había cumplido su parte y los mortales se afanaban por convencer a su Ser supremo de que a ellos nada se les podía recriminar.
Poco después hubo una serie intermitente de pitidos. El capitán dijo algo ininteligible y la tensión en su cuello se hizo insoportable. Uno de los niños rubios no lloraba y proyectaba por la ventana una mirada diáfana y expectante.


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