21.10.09

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De cuando en cuando vuelven los poemas. Regresan, no como hijos, sino como padres pródigos a reclamar todo el tiempo que transcurrió desde su última lectura. Leí este poema por primera vez en algún lugar de Girona que no podría -ni querría poder- marcar en un mapa. Yo tendría, quizá, trece o catorce años. Para mí, poetastro de rima consonante y facilón -soy mucho peor poeta ahora-, fue como un mazazo poético que desearía en vano para todas las lecturas del futuro. De cuando en cuando vuelven los poemas. Regresan cuando uno se desvió, cuando uno estaba a punto de perderse -incluso, si son generosos, cuando uno ya vagaba desorientado-. Y así ha sucedido con este Nocturno tan querido, poema que recité -con notables errores- junto al poeta y gran amigo Hernán Bravo Varela, en una cantina del D.F., donde celebramos la amarga verdad que esconden -y revelan- las palabras del nicaragüense.



NOCTURNO

A Mariano de Cavia

Los que auscultasteis el corazón de la noche,
los que por el insomnio tenaz habéis oído
el cerrar de una puerta, el resonar de un coche
lejano, un eco vago, un ligero rüido...

En los instantes del silencio misteriosos,
cuando surgen de su prisión los olvidados,
en la hora de los muertos, en la hora del reposo,
sabréis leer estos versos de amargor impregnados...

Como en un vaso vierto en ellos mis dolores
de lejanos recuerdos y desgracias funestas,
y las tristes nostalgias de mi alma, ebria de flores,
y el duelo de mi corazón, triste de fiestas.

Y el pesar de no ser lo que yo hubiera sido,
y la pérdida del reino que estaba para mí,
el pensar que un instante pude no haber nacido,
¡y el sueño que es mi vida desde que yo nací!

Todo esto viene en medio del silencio profundo
en que la noche envuelve la terrena ilusión,
y siento como un eco del corazón del mundo
que penetra y conmueve mi propio corazón



Rubén Darío






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