14.10.09

D.F. # 7

Maricela Tlatelpa contó que una tarde llevó a tres muertos. Como clavitos, dijo. Yo yo no pude más que temblar y llevarles donde me dijeron, que era aquí, al Ángel, dijo. El Ángel brilla, dorado, y Maricela dice que donde mande. Aquí, digo. Y Maricela detiene el carro para contar que una vez, con motivo de un rectángulo, llevó también a Franz Beckenbauer. Y el señor fue simpático, dijo. Mucho más simpático que los muertos, dijo. Los muertos me pagaron cuatro pesos, no más. ¿Pero qué les podía decir yo? Eran como tres clavitos, tres clavitos helados, dijo, y hablaban de revoluciones pasadas y yo no pude más que temblar. ¿Y ya tiene novia acá? No, contesté, me vale madre tener novia ahora. Bueno, dijo Maricela, por lo menos los güeros gustan a las mujeres de aquí. Maricela, Náhuatl, llevó a Franz Beckenbauer en el mismo escarabajo dorado y granate que ahora desaparece entre los árboles y el tráfico de Reforma. Pobres muertos, dijo Maricela, ¿cómo podía yo cobrarles más de cuatro pesitos si, como dice José Alfredo Jiménez, nacemos llorando y morimos llorando? El día es claro y el banco HSBC refleja el Ángel en su fachada de vidrio impoluto, como uno de los fantasmas de Maricela. Y, dígame ¿es usted periodista, joven? Al otro lado de la ventanilla un hombre dispara pompas de jabón contra el escarabajo de Maricela que llevó a Franz Beckenbauer. ¡Cuatro pesos! ¡Sólo cuatro pesos! Cuatro pesos cuesta una pistolita de pompas de jabón. Cuatro pesos para dispararle a los muertos de Maricela, cuatro pesos, no más, ¿pero qué les podía decir yo?
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