4.11.09

Cómo alimentar una cobra (o es mejor no morir como Francis Bacon)




El que no aplique nuevos remedios debe esperar nuevos males, porque el tiempo es el máximo innovador.

Sir Francis Bacon



Verá, si ha adquirido ratones congelados, seleccione uno para alimentar a su cobra y proceda a su descongelación. Se recomienda que deje descongelando al roedor a temperatura ambiente, de forma natural, ya que el uso del microondas podría no descongelar del todo el alimento o tener algún efecto indeterminado sobre su cobra. Una vez descongelado, o mientras se descongela, rellene un recipiente bajo con agua mineral sin gas: las cobras necesitan abundante agua tras la ingestión de alimento y de no saberla cerca es posible que su cobra decida no alimentarse. Procure ofrecer un lugar aislado y tranquilo cerca del agua para que la cobra descanse y comience su tediosa digestión. Cuidado: la cobra puede ponerse muy violenta si se la molesta después de haber comido. Hasta donde se sabe, el filósofo y estadista Sir Francis Bacon siempre ignoró dos cosas: que un día existiría una página web donde sería posible ver un video que instruyera, a quien le interesara, con la metodología precisa que se requiere para nutrir a una cobra y que nacería cuatro siglos después de su muerte un pintor con su mismo nombre y, como él, también homosexual. Aquello no impidió, sin embargo, que le ofreciera al mundo un instante de estética sublime al morir congelado mientras intentaba rellenar un pollo con nieve en nombre de la misma ciencia que permitiría, con el tiempo, congelar ratones para cobras. Como usted comprenderá, señor comisario, no creo en las casualidades.
¿Y dice usted que la documentación se encontraba en el interior del vehículo extraviado?
Robado, commissar, robado. Como un colgante que tuve que representaba, usted comprenderá, un barco. Fue en verano, un verano y no importa mucho cuál, yo era muy joven en cualquier caso; entre el aparcamiento y la playa había dunas y un bosque de árboles retorcidos a causa del viento constante. Yo tenía una novia rubia que todo el mundo confundía con mi hermana y este incestuoso equívoco fue, me doy cuenta ahora, la base de nuestra relación o, por lo menos, fue lo que me llevó a sentir algo por ella. Esto, sin embargo, no es imprescindible para su informe pero me parecía que a usted podría interesarle. Naturalmente. Pero volviendo al robo que es, claro, tema de su competencia debo advertir que tuvimos –o tuvo el amor adolescente– cierta culpa o toda la culpa, usted comprenderá. Por temor a los efectos corrosivos de la sal –que yo ya había advertido en un verano anterior al recorrer en bicicleta la playa de Omaha o puede que no fuera Omaha– decidí dejar aquel colgante pendiendo de una rama seca de uno de aquellos árboles retorcidos, junto a otras pertenencias que no tiene por qué anotar, para poder dedicarme sin más preocupación a la lujuria acuática y al roce premonitorio junto a mi falsa hermana. Usted, que ya debe estar curado de espanto, imaginará sin duda cuál fue el escenario que descubrí cuando, estimulado e inconsciente, regresé a nuestro refugio del mundanal ruido, entre los árboles retorcidos por el viento. Mi colgante, junto a otras pertenencias que no tiene por qué anotar, había desaparecido.
¿Estaba el vehículo a su nombre?
El caso es que ella también desapareció, con el tiempo. Ignoro si también me la robaron o si en algún momento fui yo quien la extravió, por utilizar la misma palabra que usted, o si sencillamente se cansó de no ser mi hermana o si en algún momento ella pensó que no podía ser mi hermana o mi novia y sencillamente se fue. Con esto no quiero sugerir que ella tuviera nada que ver con el robo de mi colgante ni, aunque esto no podemos descartarlo del todo, con el robo de mi coche, usted comprenderá.



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1 comment:

rhinslumber said...

Gran construcción y mesura. Es como un Chesterton más sentimental. Buena cosa.