28.3.10

Reseña de 'Cabotaje' en Clarín


Cabotaje Ben Clark




Ben Clark
Cabotaje

Editorial Delirio, Salamanca, 2008



Publicado en Clarín Nº 85. Enero-Febrero de 2010
El inglés-ibicenco-salmantino Ben Clark (Ibiza, 1984) firma este poemario, ganador del premio Art Jove 2005 organizado por el Govern Balear en la modalidad de poesía en castellano, que, con pequeñas modificaciones y con el añadido de una última sección de inéditos, ha sido reeditado en formato portátil (portátil de veras, se ajusta con perfección anatómica al bolsillo) por la pequeña pero interesante (posiblemente caigo en la redundancia) editorial salmantina Delirio. Escrito durante su estancia en la Fundación Antonio Gala, es el preludio al bien etiquetado como generacional Los hijos de los hijos de la ira, premio Hiperión de 2006, y al ciclo que este abre y que comprende también Memoría (2009) y un tercer libro aún inédito. La cita inicial de R. Waldo Emerson (“Viajar es el paraíso de los necios. A nuestros primeros viajes debemos el descubrimiento de que los lugares del mundo no significan nada”) nos pone ya en el rumbo que va a seguir este particular viaje paralelo a la costa, a la que nunca perderá de vista: uno se mueve en realidad para quedarse quieto, para entender que un lugar es, al fin, todos los lugares; viajar no es otra cosa que estar siempre regresando. La escritura no es, por tanto, un arrojarse a la distancia, sino decir las cosas desde lo cercano, manteniendo la mirada prendida a las orillas. Porque Clark escribe como si no estuviera escribiendo en realidad, algo que es más notorio en las últimas secciones del libro como lo es también más en sus libros posteriores. “Lo fácil es ser difícil, lo complicado es ser sencillo” es una sentencia no en vano repetida por el autor en cada ocasión que un periodista, un crítico o un amigo (o enemigo) le interpela sobre las coordenadas de su labor poética. La escritura de Ben tiene la maravillosa cualidad de parecer inocua por conversacional, inocente por clara, casi intrascendente por cercana, pero lo que hace en realidad es disfrazar las tempestades de sereno y cordial asunto cotidiano. Porque en Cabotaje hay poemas sobre los grandes temas, la enfermedad, la soledad, la muerte o el deseo, pero estos entran siempre dentro del espacio de lo posible, de lo cercano a una lavadora, un perro, un centro comercial: mantenerse a la vista de la costa. Mirar hacia la tierra. No adentrarse en procelosas aguas que sirvan para emborronar lo que uno, en realidad, quiere decir. Estos travestismos, por otra parte, no se quedan solamente en el tono del discurso, sino que alcanzan a los personajes o los lugares que habitan en el libro (concentrados en la sección Mensajes en botellas). Ben Clark habla de Ben Clark también cuando se ocupa del conflictivo barrio de Bowery (en el que vivió Burroughs), cuando se dirige a los Ángel González o Pepe Hierro que habitan en el libro (por citar dos de los poemas más logrados) o cuando requiere, también, a Dios. El poeta puede esconderse en disfraces pero es valiente a la hora de buscar destinatarios. Todo homenaje a otros es siempre un subterfugio para hablar de uno mismo, para no alejarse demasiado. “No alejarme de ti, tenerte cerca” dirá Clark. Esta particular manera de navegar se erige también en representación de ese otro viaje – el amoroso- presente en el libro, al que dedica la sección penúltima y que lleva por nombre precisamente el título: Cabotaje. El amor como farallón que sirva de orientación al marinero que recorre y fatiga los distintos rumbos de lo cotidiano, a la vez amor erótico y amor que transparenta su experiencia poética: “«Acércate» me dices, ven más cerca, / «nuestros sueños aquí naufragarían»”. Porque, por último, el viaje del libro es también un viaje metaliterario. Desde el juego con formas como el soneto, la lira, los poemas de estilos diversos (tan diversos que a veces parecen escritos por autores diferentes) hasta los últimos poemas del libro, que son el Ben Clark que conocemos de libros posteriores: más directo, más concreto, de dicción más clara y a la vez más intensa. También más libre. El Ben Clark inscrito en ese “habíamos llegado tarde al mundo”, conocedor de que todo está ya dicho y todo viaje ha sido realizado, pero que insiste en seguir escribiendo y moviéndose entre las (aún inquietas) aguas de la literatura.





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