11.4.11

'Tengo una cita con la Muerte' en el ABC Cultural

First World War

LA RABIA DE LOS CAÑONES

Los frentes de la Primera Guerra Mundial vieron caer a miles de soldados de todas la fuerzas contendientes, algunos de los cuales eran también poetas. Futuristas italianos, expresionistas y clasicistas austriacos y alemanes, anglomodernistas ingleses, irlandeses, canadienses norteamericanos vivieron aquella pesadilla de acero, lluvia y fango que, durante cuatro largos años, los acompañó. Ernst Jünger y Georg Trakl plasmaron sus improntas. Dix y Grosz dibujaron sus consecuencias. Y en todos ellos el gas, las ratas, los piojos y las trincheras dejaron una terrible imagen con la que el resto de sus vidas tuvieron que convivir. Unos cayeron en el mismo campo de batalla; otros, en los improvisados hospitales de campaña; y quienes sobrevivieron a aquel sangriento horror quedaron marcados para siempre.

Brian Gardner reunió en una antología publicada en 1964 una amplia muestra que ha servido de base a ésta traducida que toma su título de un verso del norteamericano Alan Seeger. Tengo una cita con la Muerte recoge poemas de veintiún autores. Y lo que deja bien claro esta selección es que todos siguiero siendo el poeta que eran, pero que ninguno de ellos pudo seguir siendo el mismo hombre: sobre todo después de esa frontera espiritual que supuso la batalla del Somme, en 1916. De ahí que en el prólogo se afirme que la poesía escrita después de esta batalla es la verdadera poesía de la Gran Guerra.

Trabajo de hombres

No todos estos poetas son iguales ni es tampoco la misma su tematización de esta experiencia. Hodgson, héroe de la batalla de Loos y muerto en la del Somme a los veintitrés años, describe cómo avanzan "decididios a hacer el trabajo propio de los hombres", pone en boca de Inglaterra unas patétitcas palabras dirigidas a aquellos hijos suyos que envía a la muerte y, unos días antes de morir, escribe su poema 'Antes de entrar en combate', que es una oración en la que pide a Dios que haga de él un soldado y lo ayude a morir.
Rupert Brooke -que no murió en ninguna acción bélica, sino de una enfermedad, y fue enterrado con todos los honores militares en el Egeo, donde una lápida escrita en griego lo recuerda- encuentra en la guerra la saldia "de un mundo frío, cansado, envejecido" y dice que "el Honor ha vuelto, como un rey, a la tierra". El escocés Charles Hamilton Sorley, muerto a los veinte años en la batalla de Loos y uno de los mejores poetas aquí recogidos, da a sus versos un tono casi homérico y, en un poema 'A Alemania', canta todo lo que cuando llegue la paz será posible, pero hasta entonces invoca "la tormenta, la oscuridad, el trueno y la lluvia". El irlandés Francis Ledwige, muerto a los treinta años en la batalla de Passchendaele, intenta convencerse de que es más alta la función de soldado que la de poeta.
Catálogos de campos de batalla tiene Seeger en su poema sobre la defensa del Aisne, donde reucerda que se enfrentaron "al estallido que mutila" y "al huracán que mata" y describe la "meseta barrida por cañones / donde como hojas secas yacen desparramados los muertos de septiembre", en un himno al belicismo en el que llega a afirmar que la guerra enseña "la dignidad de ser hombres". Más lírico es Vernède, muerto en la batalla de Havrincourt y que poetizó un puesto de escucha.

Entre cruces

Lleno de homerismos y moral hoplítica está Grenfell, y a pasajes de Los persas, de Esquilo, remiten las partes más discursivas del galés Edward Thomas, muerto en la batalla de Arras. El punto de vista de los muertos y su voz adopta el canadiense McCrae en su poema 'En los campos de Flandes', donde "las amapolas se mecen / entre las cruces". Y una excelente visión aérea del territorio ofrece el aviador Jeffery Day en el que podría considerarse el poema técnicamente más interesante.
La tradición clásica impregna la escritura de Oxland y la de Shaw-Stewart. Y la "extraña música" de la guerra resuena en la de Coulson. El tema del destino es tratado por el irlandés Marriott-Watson, y Mackintosh habla desde la instancia del oficial que ve caer a sus hombres, mientras que el irlandés Kettle introduce una perspectiva ideológica: "No morimos por una bandera, ni por un rey, ni por un emperador, / sino por un sueño...". Y un punto de vista moral ofrece Robert Palmer.
Un tono apocalíptico hay en Rosenberg, y Owen recoge "la monstruosa rabia de lso cañones", "el tartamudeo veloz de los fusiles", la angustia de cu
ando no pasa nada, y la mentira de "dulce et decorum est / pro patria mori". Pero lo que el lector descubrirá también aquí son los dos versos que Kipling escribió a la muerte de su único hijo y que Juaristi ha sabido aplicar a otra situación: our fathers lied, "nuestros padres mintieron".


Jaime Siles


Publicado en el suplemento

ABC Cultural
el día 9 de Abril de 2011
94 aniversario de la muerte
de Edward Thomas




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