4.5.11

Reseña de 'Tengo una cita con la Muerte' de José Luis García Martín


Tengo una cita con la muerte
Selección, traducción y prólogo de Borja Aguiló y Ben Clark
Ediciones Linteo, Orense, 2011


NUESTROS PADRES MINTIERON

Poco tiempo le duró a la Gran Guerra ser la más espantosa catástrofe que le había ocurrido en la humanidad. Veinte años después, Alemania invade Polonia, comienza la Segunda Guerra Mundial, y pierde su carácter excepcional para convertirse en la primera de una serie. Pero hubo algo que la distinguió de los anteriores conflictos bélicos, y la sigue distinguiendo de los siguientes: el entusiasmo con que fue acogida en todas partes. Stefan Zweig cuenta en sus memorias, El mundo de ayer, el ambiente de fiesta con que se encontró en Austria a su llegada de Bélgica, unos días después de iniciada la guerra: “Los trenes se llenaban de reclutas recién uniformados, ondeaban las banderas, retumbaba la música marcial, y en Viena hallé la ciudad entera sumergida en estado de embriaguez”. El miedo a un conflicto que nadie quería se había transformado en entusiasmo: “Se formaron manifestaciones en las calles; en todas partes flameaban banderas y se escuchaba música; los jóvenes reclutas marchaban en triunfo, con los rostros iluminados, porque se les saludaba jubilosamente, a ellos, los pequeños hombres del diario vivir, a quienes nadie antes había celebrado y en quienes nadie había fijado su atención”.
El entusiasmo no fue menor en Londres, aunque sí quizás menos espontáneo. En el prólogo a Tengo una cita con la muerte leemos: “Si Gran Bretaña debía ir a la guerra, sería necesario un ejército, y el gobierno sabía que los alemanes llevaban años de ventaja. Se inyectó espíritu patriótico a todos los actos públicos; los teatros ofrecía espectáculos en los que el soldado era retratado como un héroe, rodeado de hermosas bailarinas. Hubo grandes oradores, con Kipling a la cabeza, que supieron avivar cierta nostalgia imperialista y muy pronto las grandes colas frente a las oficinas de reclutamientos desbordaron las mismas”.
La guerra era vista como algo heroico y romántico; unos y otros preveían una gloriosa marcha triunfal: “Para Navidad estaremos en casa”, gritaban los reclutas a sus madres en Londres o en Berlín.
También los poetas, como no podía ser de otra manera, contribuyeron a ese fervor patriótico. El más famoso de todos fue Rupert Brooke, cuyo soneto “El soldado” incitó a muchos a alistarse: “Si he de morir, pensad esto de mí: / que hay un rincón de tierra extranjera / que es ya Inglaterra para siempre”. Rupert Brooke tuvo suerte: murió en 1915, enfermo de insolación tras una excursión por Egipto, antes de que la guerra desvelara su verdadero rostro; la guerra fue para él solo una ocasión de viril camaradería en el más hermoso escenario, el mar de Homero y de Byron. Poco después de su muerte, el barco en que viajaba, el Grantully Castle, puso rumbo hacia la península de Gallípoli y allí morirían todos sus compañeros de la más atroz y estúpida manera.
Y es que la Gran Guerra fue una fiesta patriótica –o así quisieron hacerla ver— hasta que se estancó en las trincheras y resultó imposible dejar de verla tal como era. Para Inglaterra el cambio tuvo que ver con la batalla del Somme, cuando ingleses y franceses quisieron romper las líneas alemanas: “Fue una masacre. El primer día, el 1 de julio de 1916, los británicos sufrieron 57.740 bajas, de las cuales 19.240 fueron mortales (con 2.152 desaparecidos). Especialmente dramático resultó para la moral de las tropas y para la sociedad británica la aniquilación casi total del Regimiento de Newfoundland, que atacó con 801 hombres, perdió más de 500 a causa de la metralletas alemanas y regresó con solo 68 soldados ilesos. Al final del día las líneas alemanas seguían prácticamente intactas”.
Los poetas que se antologan en Tengo una cita con la muerte reflejan el estado de ánimo que siguió a esa catástrofe, tan distinto al que había al iniciarse la guerra. Todas las mentiras patrióticas se habían venido abajo; nada de glorioso había en matar y morir porque así se había decidido en remotos despachos y por inconfesables razones.
Rupert Brooke murió creyendo en los versos clásicos que tantas matanzas han justificado: “Dulce et decorum est pro patria mori”. Wilfred Owen –uno de los más destacados poetas de la antología— le da la vuelta a esa patriótica patraña en un poema titulado precisamente “Dulce et decorum est”: “Doblados en dos, como viejos mendigos envueltos en sacos, / las rodillas rotas, tosiendo como brujas, maldecíamos en el lodo…”.
Borja Aguiló y Ben Clark seleccionan solo a los poetas de la Gran Guerra que murieron en ella. La mayoría tenían poco más de veinte años (Edward W. Tennant murió a los diecinueve, en la batalla del Somme, que comenzó el día de su cumpleaños como el más siniestro regalo). Aunque no todos son grandes poetas, como no podía ser de otra manera, raro es el que no nos ha dejado unos versos memorables.
Quedan fuera por esa razón de Tengo una cita con la muerte poetas que no pueden faltar en ninguna antología sobre la Gran Guerra, como Siegfried Sassoon o Rudyard Kipling. A Kipling, cuya retumbante retórica imperialista, había llevado a tantos jóvenes a alistarse, se le deben algunos de los más sobrios y emocionantes epitafios que se hayan escrito nunca. Entre ellos el dístico que Jon Juaristi parafrasea –sin citarlo— en uno de sus poemas más citados “Spoon River, Euskadi”: “¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes, / y por qué hemos matado tan estúpidamente? / Nuestros padres mintieron: eso es todo”. Los escuetos versos de Kipling, que podían inscribirse como epitafio único en esos cementerios con miles de tumbas iguales y anónimas, dicen así: “If any question why we died, / tell them, because our fathers lied”. Sabía de qué hablaba: uno de esos muertos ilusionados y engañados era su propio hijo, que acababa de cumplir dieciocho años.


José Luis García Martín
Publicado en La Nueva España
y en el blog de crítica
Crisis de papel

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