8.5.12

La presentadora al desnudo


    



Recorre la avenida sobrevolando cuerpos
y motores y plástico
como un insecto huidizo;
lo comentan los árboles, las heces
de los chuchos los viejos
y los niños detrás del vestuario.
Los kioscos se inundan con preguntas
discretas por el tiempo, el resultado
de la final, el número
del premio gordo y todos los ojos se desvían,
se acomodan, reposan
un segundo en la paz que dan las cosas
que ocurren cuando ya nadie lo espera.
Allí está. Por fin. Todo se ha cumplido
y el tráfico
alberga la esperanza de otro lunes
más, pero muy distinto. Los milagros
no existen. La enfermedad
y el insomnio ovalado de los parques
aún tienen argumentos
y el verano no llega pero escucha,
atiende a los susurros
de los plátanos;
respira lo que cuentan las aceras. 




B.C.

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