5.11.13

El latón de las cabezadas - de Edward Thomas




El latón de las cabezadas brilló al girar los caballos
y los amantes desaparecieron dentro del bosque.
Me senté sobre la rama de un olmo derribado
que formaba un ángulo sobre la tierra en barbecho, y
observé cómo reducía el arado un cuadrado amarillo
de mostaza de campo. Cada vez que los caballos giraban
en vez de aplastarme, el labrador se inclinaba
sobre la esteva para hablar o para hacer una pregunta,
sobre el tiempo, luego sobre la guerra.
Arando la parcela entre él y el bosque,
y siguiendo el surco hasta que el latón brillaba
de nuevo.
                La tormenta hizo caer el olmo en cuya copa
me sentaba yo ahora, junto al agujero de un pájaro carpintero,
me contó el labrador. «¿Cuándo se lo llevarán?»
«Cuando acabe la guerra». Y así empezaba la conversación:
un minuto y después un intervalo de diez;
un minuto más y después la misma espera.
«¿Estuviste en el frente?» «No». «¿Puede ser que no quieras ir?»
«Si pudiera estar seguro de volver, me gustaría.
No me importaría perder un brazo. No me gustaría perder
una pierna. Y si perdiera la cabeza, bueno, pues que así sea,
nada me gustaría más… ¿Han partido muchos
de aquí?» «Sí». «¿Se han perdido muchos?» «Sí: un buen puñado.
Sólo dos caballos de tiro trabajan en la granja este año.
Uno de mis compañeros está muerto. Lo mataron en Francia
en su segundo día. Fue en marzo,
fue la misma noche de aquella tormenta. Si
se hubiera quedado habríamos movido el árbol».
«Y yo no me habría sentado aquí. Todo
hubiera sido distinto, pues habría sido
un mundo diferente». «Cierto, y mejor, aunque
si lo pudiéramos ver todo, quizá todo pareciera bueno».
Entonces salieron los amantes del bosque:
los caballos retomaron el trabajo y vi, por última vez,
los terrones de tierra resquebrajarse y caer
tras el arado y los cascos del tiro. 



Edward Thomas (1978-1917)
Traducción de Ben Clark










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